Es posible que Liu Xiaobo ni esté enterado del premio que acaba de ganar, el Nobel de la Paz, pues desde diciembre último se halla en prisión. Le quedan 11 años de estar entre rejas por el delito de defender, de manera pacífica y serena, el derecho que tiene su país de participar de elecciones libres y de expresarse sin miedo a una condena.
El poeta se enfrentó ya al poder en las protestas de Tiananmen, en 1989. Es uno de los sobrevivientes de esa fecha fatídica. Desde entonces, no dejó de abogar por los derechos humanos. El 2008 firmó un manifiesto en el mismo sentido: libertad de expresión y elecciones libres. Y el régimen lo condenó.
Al saberse del Nobel, algunos ciudadanos chinos han desafiado a la Policía y han salido a manifestar su complacencia y esperanzas de que Liu sea liberado. Y que ello sea un signo de cambio. Pero las autoridades parecen haber cerrado cualquier posibilidad al responder que el premio es «una obscenidad».
China, una de las economías más pujantes del mundo, la segunda después de la de EEUU, muestra, por un lado, los resultados admirables de un país que planifica, que trabaja, que se sirve de los instrumentos que le son necesarios en el afán de crecer.
Pero, por otro lado, prueba lo difícil que es desmontar, una vez erigido, un aparato que coloca al ser humano y sus derechos en último plano.






