Dilma Rousseff, del Partido de los Trabajadores (PT), representa la continuidad. Esta mujer que ha demostrado tener una personalidad a prueba de fuego, aunque estuviese siempre a la sombra de la popularidad de Lula, aparece como una garantía de que el cambio positivo de Brasil seguirá en el mismo rumbo. José Serra, del Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB), se muestra como la alternativa conservadora.
A esta altura, sin embargo, la atención se trasladó a una tercera persona. Rousseff y Serra continúan disputándose la presidencia, pero sus virtudes —harto conocidas por la superabundante propaganda electoral— pasaron a un plano secundario al ganarse la ecologista Mariana Silva un lugar privilegiado de la consideración general.
Y no es para menos. Silva aparecía en los prolegómenos con una minoritaria intención de voto; pese a esto, su capacidad de persuasión resultaba expectante por el misterio de no saber hasta qué porcentaje de votos podría restarles a los dos primeros. Nadie esperaba que Marina superara la barrera de los 20 millones de votos, como ocurrió el domingo, y que esto la convirtiera, de aquí a fin de mes, en la «espectadora» más codiciada dentro de la carrera por la presidencia.
De estilo franco y espíritu crítico, Serra podría sacarle ventaja a Rousseff, si los datos revelados por una encuestadora se confirmaran en sentido de que él se beneficiaría con el 51% de los votantes de Marina Silva, mientras que la postulante oficialista obtendría el apoyo del 31% de esa porción del electorado.
Hacia dónde va Brasil es, todavía, algo incierto. Rousseff pudo ser presidenta sin necesidad de balotaje, pero no logró convencer a quienes esperaban encontrar en ella el carisma de Lula; los escándalos de corrupción, además, le jugaron una mala pasada en las últimas semanas. Todo esto a Serra le abrió una posibilidad de oro, especialmente con Silva, aunque es sabido que los separa un abismo ideológico.
Habrá que ver si el ex ministro de Planificación y de Salud en el gobierno de Fernando Henrique Cardoso puede seducir a la representante del Partido Verde, ícono de millones de jóvenes asqueados de la política tradicional, o si, por el contrario, la delfina de Lula, con temple, recupera el favoritismo de los meses recientes y devuelve la tranquilidad al Presidente más popular e influyente de la región.






