John Lennon sería hoy un hombre de 70 años. Es ocioso imaginarse qué habría hecho si no lo hubiesen asesinado aquel 1980 —año triste, muy triste, también para Bolivia que perdería a Luis Espinal, a Marcelo Quiroga Santa Cruz, entre otros tantos hombres de paz, y las esperanzas de un retorno a la democracia pisoteadas por Luis García Meza y otros militares—; pero además algo así resulta deprimente.
Lo cierto es que Lennon, el artista, creyó en que es posible un mundo mejor. Eso alentó su labor creadora, le dio sentido a la misión que se impuso de interpelar con la poesía a una humanidad desde siempre conflictiva, belicosa. Pero él creyó, como parece difícil hacer ante un mundo que no deja de estar en guerra, en algún lado, ni un solo día.
Quizás éste es el mejor legado de John Lennon: la esperanza; pero no de la ociosa, la que espera que alguien haga algo para cambiar las cosas, sino la que construye desde el ámbito propio ese camino. Es muy probable que tal labor se tope, una y otra vez, contra los muros del egoísmo (del ego); pero nada más triste que dejarse vencer por esa realidad, por muy consistente que parezca.
El mundo ha recordado ayer el natalicio del ex Beatle. Su música es el puente para hacer memoria que, en su caso, tiene el valor de lo estético como un camino hacia una propuesta ética.






