Resulta asombroso para el visitante que llega al país en estos días, cómo se puede compartir, sin discordia alguna, creencias místicas y religiosas con idéntica devoción. De pronto, en cuestión de horas, las oraciones de las iglesias coexisten sin ningún problema con las t’ant’awawas y un sinnúmero de representaciones simbólicas que no tienen nada que ver con el cristianismo.
La costumbre de rezar se remonta a los inicios de la cristiandad y pervive hasta hoy, también en el Día de los Difuntos, como forma de recogimiento. El silencio suele ser su marca, la oración interior. Y el colocado de flores en la tumba del ser querido.
La ceremonia del preparado de las mesas con alimentos y bebidas que gustaban al fallecido, más toda la parafernalia musicalizada y cargada de símbolo, es de origen andino. La fiesta de inicios de noviembre cobra especial significación en el campo porque coincide, como otras tantas celebraciones similares, con la preparación de la tierra para la siembra y la llegada de las lluvias.
Así es que, de acuerdo con la tradición andina, al mediodía de hoy se producirá la despedida de las almas que llegaron a compartir con los suyos al mediodía de ayer. Se cumplirán las 24 horas más esperadas por los dolientes, sobre todo de aquellos familiares o amigos que murieron en el último año. Así es que hoy, para muchos, se acaba el luto.
Con la retrospectiva de los siglos y la valoración de los cultos, tanto cristianos como paganos, conmueve cómo los símbolos se han ido imponiendo por la fuerza de la tradición, por la transmisión de costumbres de una generación a otra. En definitiva, expresiones arraigadas en la sociedad y que son determinantes para formar, en millones de bolivianos, una visión particular de la vida.
En medio de esta convivencia que de a poco —aunque no exenta de polémica— dejó de ser invasiva, apareció no hace mucho la costumbre de Halloween. De origen estadounidense, quizá todavía pueda ser considerada una moda, pero, tomando en cuenta su progresiva captación de adeptos entre los niños y jóvenes, no debería extrañar que esta nueva práctica social se instale en Bolivia por largos años y, por qué no, para siempre.
Los tiempos cambian y los más jóvenes tienen sus propias inquietudes. Depende de cada familia el inculcar o mantener las tradiciones, ojalá, sin coartar los diferentes intereses que despierta en todos este siglo de la información y de la comunicación en abundancia.






