El deporte puede tener la virtud de integrar. Lo saben quienes son parte de un equipo: en él, lo que cuenta es la habilidad, la fuerza, la capacidad para meter goles, saltar más alto, correr más rápido. No importa, en tanto aquello se cumpla, el origen, el color, el nivel de educación.
Pero, el deporte también puede excluir. Lo saben quienes, deseándolo, no son tan buenos, no pueden; entonces, el equipo los margina y los ignora.
A fin de revertir esto último y aprovechar lo primero es que se han creado las olimpiadas especiales: para respetar el derecho de las personas con algún tipo de discapacidad a disfrutar del placer de retarse y retar a los demás, de saborear de la victoria, de superarse.
Así se observa en estos días en los duodécimos juegos nacionales Special Olympics Bolivia. Personas con discapacidad intelectual, puestos a vencer barreras con voluntad y disciplina, muestran que merecen el título de campeones tanto como el más grande de los atletas, pues, en el fondo, cada quien según sus circunstancias, unos y otros se exigen al máximo de lo que cuerpo y mente les permiten.
Niños, jóvenes y adultos que, pese al autismo, la epilepsia, la discapacidad mental, logran una marca, son héroes, ya que no sólo vencen a otros atletas, sino que derrotan a la marginación que es su peor enemigo. Gracias al deporte.






