No sólo en los más o menos bullados casos está la muestra de la corrupción que carcome a la institución policial; por el contrario, está presente en prácticamente todos y cada uno de los procedimientos policiales en los que la institución interactúa con el resto de la población; el ejemplo por excelencia es el de la Dirección de Identificación Personal, donde los sobornos (de todo tamaño, dependiendo de la urgencia o dificultad del trámite) son casi imprescindibles para obtener rápido un carnet de identidad; el mismo que luego, para algunos trámites, debe ser «certificado» por la misma Policía en la misma oficina, a un costo extra.
De esta cotidiana práctica en cuanto trámite deba gestionarse ante esta institución (cuyos miembros, por cierto, debieran hacer más patrullaje y menos papeleo) emerge un abultado presupuesto oficial, que mal sostiene a toda la burocracia, y uno extraoficial, cuyos mayores porcentajes abultan los bolsillos de algunos oficiales poco consecuentes con su promesa profesional y su misión legal.
Y ésa no es la única forma en la que la institución «verde olivo» abusa de las personas a las que debiera servir y proteger; el bullado caso en el que un delincuente murió cuando estaba en custodia de la Policía, y con evidentes muestras de tortura, sumado a otras revelaciones (cuyas fuentes hay que indagar, pues todo apunta a que tienen que ver con pugnas internas o con otras fuerzas de seguridad del Estado) sobre similares abusos, practicados, al parecer, consuetudinariamente en las celdas policiales, muestran una segunda faceta perversa de los guardianes del orden.
Está, asimismo, el caso de cuatro policías linchados en la región norte de Potosí, por comunarios que, argumentan, decidieron castigar por mano propia los excesos atribuidos a éstos. Los victimadores han alegado que los uniformados, en lugar de combatir el delito que parece desarrollarse a gusto en la región, aprovechaban su existencia para dedicarse a la extorsión. La duda está sembrada.
El resultado, seguramente inevitable dada la mala imagen que no hay Comandante que logre revertir porque no hay quién sea capaz de ejecutar una intervención a fondo en la institución, es una casi absoluta falta de confianza y de respeto para quienes portan el uniforme, lo que en definitiva les impide, nuevamente, cumplir a cabalidad su misión constitucional.
¿Es que no hay salida para este círculo vicioso?






