Dos cualidades se pueden apuntar de inmediato cuando se piensa en Julio de la Vega. Una es resultado de su más íntima vocación y convicción: la autenticidad y calidad de su obra literaria. La otra, sin duda alimentada y engrandecida por la primera, su calidad humana. No siempre van juntas; por eso Julio de la Vega fue una persona excepcional.
Nacido en 1924 en Santa Cruz, a fines de los años 40 comenzó en La Paz su vida literaria de la mano de un grupo de sus contemporáneos que se sintieron herederos del movimiento cultural Gesta Bárbara. No sólo compartieron la literatura, sino también el culto a la amistad que los acompañó toda su vida.
En sus libros de poemas —Temporada de líquenes o Amplificación temática, por ejemplo— el lector se encuentra con una voz auténtica en su celebración del mundo y del amor. En sus dos novelas —Matías , el apóstol suplente y Cantango por dentro— está el país, con sus avatares históricos pero también en su profundo humor.
Fue también crítico de cine, periodista cultural, animador del teatro boliviano y profesor universitario. En todo, fue un ser generoso, especialmente con las iniciativas de los jóvenes. Murió ayer. Fue una vida cumplida. Queda su obra y su grata memoria para quienes tuvieron la fortuna de conocerlo.






