Como parte del ambicioso Programa de Revitalización Urbana que el Gobierno Autónomo Municipal ejecuta desde hace ya más de un lustro, la cualidad de referencia turística de la zona aledaña a la histórica iglesia de San Francisco inspiró la atinada idea de convertir la cuadra adjunta al histórico templo en paseo peatonal, hecho que favorecería el comercio y la actividad turística con su espiral beneficiadora, pero también restringe la circulación de los miles de vehículos de transporte público que pasan por ese punto neurálgico de La Paz.
Los conductores de micros y minibuses han sido claros al afirmar que una cuadra menos, que además comunica la zona Norte de La Paz con el centro histórico, será un enorme perjuicio. Han sostenido que la Alcaldía no hizo un estudio técnico que avale semejante decisión. Por la envergadura del ya señalado PRU se sabe que dichos estudios sí fueron realizados.
Por otra parte, las recientes experiencias en materia de cambios en la circulación vial en la ciudad demuestran que al menos en ese aspecto sí hay una planificación seria por parte del municipio.
Lo que se evidencia en el fondo de la protesta, y también en su forma, es un estilo de oposición basado en el rechazo a los cambios, sin considerar realmente su importancia o su posible efecto, muy común, por otra parte, en la actividad política de los grupos conservadores en los últimos años. Esta forma de oposición tiene además la característica central de que quienes la sostienen son renuentes a buscar soluciones viables, las mismas que, al menos en casos como el que nos ocupa, son fáciles de encontrar.
Finalmente, el principal argumento esgrimido por los choferes para oponerse al cambio en el casco histórico de la ciudad señala el previsible congestionamiento que la falta de esa calle causará en la calle Murillo. Algo de cierto hay en eso, considerando la cantidad de vehículos que desembocan en esa arteria de la ciudad.
Pero también es cierto que el congestionamiento se debe, más que a la falta de espacio físico para tantos automóviles, a una ostensible tendencia al desorden en la mayoría de conductores del transporte público, quienes actúan guiados no por las normas de tránsito, sino por su arbitrio y su «pericia» al volante. Y ellos no son los únicos, también colaboran en el cotidiano caos las y los usuarios del transporte público, que suben y bajan de los coches en cualquier parte. De esto no hablan los choferes. Y lo peor es que la ciudadanía tampoco.






