Como sucede con todos los ciudadanos en esta época, mi mamá también tuvo que ser paciente y hacer una larga fila la anterior semana para comprar azúcar en una de las agencias de Emapa, como eran cientos los demandantes y la mayoría jubilados recordaron cómo en los años 80 madrugaban para adquirir unas 10 ó 20 piezas de pan, eran los años de la UDP y ahora es del MAS.
Observar las largas filas que muestran por la televisión y el llanto de mujeres o la impotencia de los varones cuando los funcionarios les dicen que regresen al día siguiente, porque se acabó el producto o terminó su hora de trabajo; trajo a mi memoria aquellos años de estudiante en la ex Unión Soviética.
Época en la que los ciudadanos debían hacer largas filas para comprar casi todos los artículos de primera necesidad, además de productos de tocador como jabón, champú, papel higiénico o ropa. En muchos casos fue necesario usar a los policías para evitar desmanes. Eran los últimos coletazos del país socialista.
En cambio en Bolivia estamos empezando con el nuevo Estado Plurinacional, pero hoy por hoy ya no es raro observar las largas filas que se hacen para obtener alimentos, material de construcción, un espacio para el colegio, la universidad, para sacar la cédula de identidad o el certificado de nacimiento y otros.
Me pregunto si esta situación será permanente, si tendremos que acostumbrarnos a salir a las calles y ver las largas filas para comprar cualquier alimento. Espero que no lleguemos al extremo de tener que hacer fila para adquirir un jaboncillo o champú como en la ex URSS.
Si mi madre hace fila en la agencia de Emapa para adquirir los artículos que oferta, es porque el azúcar, arroz y aceite cuestan menos que en el mercado, pero en esta época, ¿quién no busca ahorrar unos centavos y adquirir lo más barato?
Para no llegar a extremos como en la ex URSS las autoridades debieran, alguna vez, bajarse de sus autos y caminar por las calles de las zonas periurbanas, ir al mercado y escuchar la queja de la gente. Ahí sabrán que el ciudadano de a pie no tiene tanto dinero como para acaparar los quintales de azúcar y arroz.
Se darán cuenta que los contrabandistas que llevan el producto fuera de las fronteras no están en las largas filas, ellos negocian grandes cantidades del producto en oficinas y a puerta cerrada. Luego lo trasladan en camiones a sus almacenes protegidos por la noche y la lluvia.
El boliviano es muy paciente para hacer las largas filas, pero también es sabido que cuando llega a su límite su furia es incontrolable, no esperemos que eso suceda. Las autoridades debieran buscar soluciones para evitar llegar a esos extremos.
Wilma Pérez Soliz
es redactora del área de Sociedad.






