Hace cien años, en un día como hoy, nació José María Arguedas, escritor peruano cuyo aporte estético y cultural es muy grande al menos en esta parte del mundo. Arguedas creció entre el mundo andino y el criollo, sin llegar a pertenecer por completo a ninguno de los dos. Su madrastra, creyendo que le infringía un pesar, lo libró de su presencia forzándolo a vivir con la servidumbre. Allí aprendió a degustar de la música, del lenguaje y en particular de la magia del mundo quechua. Quedó prendado de aquel universo íntimamente ligado a la naturaleza, pero no pudo vivirlo sino desde los márgenes; para los indígenas, nunca dejó de ser un misti.
Desde entonces, se propuso dar a conocer el valor cultural y el encanto del mundo quechua, y lo consiguió como ningún otro hasta ahora. Vivió y creó desde un intersticio perturbador pero fecundo, entre dos universos en conflicto, amando a uno que lo rechazaba, y odiando a otro que lo aceptaba. Desde allí, desarrolló una estética sin parangón que logró desbordar el realismo desde adentro, tal y como ficcionalizó la realidad peruana desde su interior. Antes, indigenistas como el ecuatoriano Icaza o el boliviano Alcides ensayaron una descripción positivista de la realidad andina, desde afuera y sin gracia. Después de él, perduran obras magistrales.






