Aunque a menudo los prejuicios dirigen la atención hacia Santa Cruz u Oruro al hablar del Carnaval y su derroche de alegría, entusiasmo y, sobre todo, dinero, lo cierto es que prácticamente no hay ciudad en el país que no esté vibrando con los preparativos de la celebración, pese a que todavía faltan cinco semanas hasta los días dedicados al dios Momo.
Así, en La Paz parece estar creciendo el «culto» al Pepino, tradicional personaje carnavalero, que cada año que pasa merece una fiesta más grande de sus entusiastas seguidores a la hora de «revivir» en el cementerio. Ahora se suma otro personaje tradicional, el Ch’uta, que no sólo se desplaza desde los márgenes de la ciudad hacia el centro, sino que además este año se dará el lujo de llegar en avión.
Las comparsas y fraternidades que no escatiman recursos para asegurar el lucimiento de sus festejos y el desborde típico de la fiesta, dedicada precisamente a celebrar la carne antes de someterse a la Cuaresma, son una muestra de la importancia del Carnaval para la economía del país.
Sin embargo, al margen del valor cultural, religioso y económico, el Carnaval siempre deja una pregunta para la reflexión, ¿no será que los bolivianos atribuimos excesiva importancia a las fiestas carnestolendas, descuidando asuntos más urgentes?






