Dos semanas atrás, el alcalde cruceño Percy Fernández hizo gala nuevamente de su soberbia y de su facilidad para el insulto. Durante un acto municipal organizado en agradecimiento a los rescatistas extranjeros que trabajaron removiendo los escombros del edificio Málaga, denominados «topos», el discurso edil fue interrumpido por los gritos de un camarógrafo que buscaba a su colega. La reacción del Alcalde fue tan predecible como desubicada: dijo que así como hay «topos», también hay «tontos» y «tontines» que interrumpen sus declaraciones.
Más por reiterativas que por tediosas (el 2010, se presentaron cinco denuncias por agresiones verbales en su contra) las frases del Alcalde ya no causan sorpresa entre la gente que acompaña su labor. Sin embargo, la costumbre no debe ser óbice para subrayar los malos hábitos, siendo su reconocimiento el primer paso para su superación.
Ni la posición, cargo o tamaño de la billetera pueden esgrimirse como excusas para mellar la dignidad de las personas. Máxime en el ámbito laboral, pues es el respeto uno de los principales pilares de toda buena y fructífera relación. Valga recordar un par de proverbios cristianos que caen aquí como anillo al dedo: «de la abundancia del corazón habla la boca» y «no contamina al hombre lo que entra en su boca, sino lo que sale de ella».






