No es que antes no hubiera sido así, pues la centenaria demanda boliviana es el punto donde chilenos y bolivianos se encuentran y discrepan episódicamente, muy a menudo inspirados en las necesidades políticas de los gobernantes de turno, sino que en los últimos dos meses probablemente no hubo día en que el tema no fuese tratado en los medios de comunicación.
Y si la presión mediática no fuera suficiente razón para ese clima de opinión reinante (en Bolivia se percibe optimismo y en Chile sectores conservadores actualizan las encuestas en las que la gente se opone a ceder salida soberana al mar a los bolivianos), el Presidente boliviano expresó su deseo de contar con una propuesta de parte de su homólogo chileno, antes del 23 de marzo, obligando a las autoridades de la nación trasandina a responder explicitando su posición negociadora.
Y en efecto, tanto el presidente Piñera como su Ministro de Relaciones Exteriores han señalado públicamente que el debate no debe ser constreñido a plazos dictados por una u otra parte, sino guiado por los resultados que se buscan; que el avance de la discusión requiere apoyo político; y, ahora último, que ninguna propuesta puede o debe ser unilateral.
Paralelamente, en algunos ámbitos de la opinión boliviana se ha introducido, con razón o sin ella (eso es discutible) la idea de recuperar la estrategia «gas por mar», propuesta hecha por el Gobierno del 2004 y aprobada mediante un referéndum, y en ella han coincidido políticos, tanto del oficialismo como de algunos grupos de la oposición, particularmente en Tarija.
Por otra parte, si bien los dos cancilleres responsables del diálogo binacional han manifestado reiteradamente su deseo de evitar la mediatización del debate, no han podido impedir la constante publicación de noticias y comentarios referidos a la demanda marítima, a menudo alimentándola con declaraciones como las que se anotan líneas más arriba, pero sí han logrado mantener lejos de la mirada pública el avance de los otros 12 temas, sobre el que no se conoce prácticamente nada.
Así, se tiene un estado de cosas en el que la información más relevante es escasa, pero se mantiene constantemente estimulada la opinión, con sus previsibles efectos en el ánimo de las personas. Hay que desear, pues, que el optimismo que sugiere el avance del proceso se vea confirmado, pronto, con decisiones viables, y no que se quede, como ha sucedido hasta ahora, sólo en anuncios.






