El nuevo juicio instalado en contra de los ex dictadores argentinos Jorge Videla (1976-1981) y Reynaldo Bignone (1982-1983) por el secuestro de bebés de mujeres desaparecidas, está generando cuestionamientos y expectativas a nivel mundial, por las terribles repercusiones y peculiaridades de este macabro delito.
Cuesta imaginar el sufrimiento de las personas, ahora adultas, que en los últimos años se enteraron de que aquellos a quienes creían sus padres en realidad formaron parte del aparato represor que asesinó a sus verdaderos progenitores. Un mundo hecho de mentiras —bueno o malo— de la noche a la mañana se viene abajo, y al frente emerge una realidad totalmente distinta con matices de terror. No cabe duda de que los daños psicológicos generados por este cambio han debido ser profundos y desgarradores, especialmente entre aquellos que amaron a sus padres adoptivos. ¿Cómo lidiar entre la rabia, la indignación y el cariño? Ninguna sentencia podrá reparar el daño causado a estas familias brutalmente separadas. De todas maneras, urge hacer justicia y no sólo para procurar cerrar un capítulo macabro de la historia argentina, sino también sentar un precedente que cale hondo en todos aquellos que, amparados bajo el manto del poder y la impunidad, se creen con el derecho de medrar y de jugar con el destino de las personas.






