El Carnaval constituye una de las fiestas más representativas del folklore y de la cultura nacional. Durante estos feriados, vestimentas, bailes, música e innumerables celebraciones se adueñan de las calles y de las vidas de los bolivianos; y los espacios públicos se convierten en escenarios de transgresión que invitan a vivir la fiesta y a festejar la vida.
Pero no todo es alegría, especialmente cuando el festejo se convierte en una excusa para dar rienda suelta a las represiones y frustraciones, liberadas —alcohol de por medio— muchas veces con consecuencias trágicas.
En estas fiestas, además de las precauciones tradicionales, La Paz enfrentó una inédita encrucijada: la de suspender o no la celebración en vías públicas. La Alcaldía ha decidido tomar esta decisión en solidaridad con las miles de víctimas de los recientes deslizamientos. Con justa razón, algunas comparsas sostienen que el festejo representa una fuente de ingresos para muchas familias, que existen compromisos que no se pueden cancelar y que la fiesta bien puede convivir con el dolor.
Sin embargo, podría argumentarse que detrás de la decisión edil existen consideraciones prácticas de peso antes que ideológicas. En estos momentos, se debe priorizar el uso de los escasos recursos para el socorro de las familias damnificadas, y no para controlar el buen desenvolvimiento de la fiesta y su posterior limpieza.






