Cuando un funcionario de cargo elevado emite alguna opinión, sus palabras se convierten en embajadores de la institución a la que pertenece, por mucho que el comentario haya sido emitido a título personal. Por eso, cuando el senador Eugenio Rojas (MAS) opina que se debería permitir la práctica de la tortura en casos «especiales», avergüenza no solamente a su agrupación política, sino también a la Asamblea legislativa. ¿Por qué?, porque olvida a los millones de hombres y mujeres que se sacrificaron a lo largo de la historia para el reconocimiento explícito de los derechos humanos; porque olvida el enorme sufrimiento que vivieron y aún viven las víctimas de las tiranías públicas y privadas; porque olvida que la justicia no es infalible y que miles de inocentes son tratados como culpables y porque olvida que ninguna persona tiene el derecho de lastimar a otra.
El improperio del senador Rojas nos recuerda la importancia de la prudencia en las palabras para el buen entendimiento entre la gente, pero sobre todo para el propio bienestar. «Incluso el necio cuando calla es tenido por sabio, y cuando cierra los labios, por prudente», señala un conocido proverbio que nadie debería olvidar, y mucho menos los que están a la cabeza de organizaciones estatales o privadas.






