El domingo 30 de abril, Juan Pablo II se convirtió en el décimo papa beato de 265 pontífices que ha tenido la Iglesia Católica. Cientos de miles de fieles se congregaron en Roma para seguir de cerca este proceso, y muchos más a través de los medios, motivados por el gran cariño y respeto que el «Papa Viajero» logró sembrar en sus corazones.
Y es que Karol Wojtyla fue en muchos sentidos un hombre ejemplar, sencillo, trabajador, comprometido con Dios y con sus feligreses.
Sin embargo, no son pocos los que, dentro y fuera de la Iglesia, cuestionan este proceso de beatificación por su rapidez, pero también por algunas de las decisiones y acciones controvertidas que Karol Wojtyla tomó durante su pontificado, como el trato represivo hacia los teólogos que disentían con la doctrina eclesiástica y su silencio en relación a los casos de pederastia.
Dos posiciones contrarias, ambas con buenos argumentos, que, más allá del debate sobre la beatificación, ponen en evidencia una particular y peligrosa manía contemporánea: la de pretender juzgar el pasado conforme a los criterios y conocimientos actuales; manía que al escritor Javier Marías le lleva a pensar que «probablemente el primer tramo del siglo XXI será visto algún día como un periodo de particular ceguera, arrogancia y fatuidad».






