Sólo en las carreteras paceñas, entre el sábado y el lunes pasados, 21 personas perdieron la vida y 49 resultaron heridas. Desafortunadamente, el pesar y dolor que acompañan a los feriados (durante Semana Santa, 53 personas fallecieron en accidentes de tránsito) se vuelve a repetir.
Como tristemente evidencian los testimonios, la mayoría de estos accidentes fueron provocados, nuevamente, por la negligencia de los choferes que no terminan de entender que las reglas no fueron establecidas para molestarlos, sino para salvaguardar su seguridad y la del resto. Resulta inconcebible que la imprudencia de un solo conductor, que por adelantar sin precaución a otro vehículo, cause la muerte de 12 personas, cuya ausencia está siendo llorada en este preciso momento por hijos, madres, padres y abuelos; familiares y amigos que están viviendo una pesadilla que bien podía haberse evitado. Y ahí lo terrible del asunto, porque, en la mayoría de los casos, no se trata de contingencias inevitables, sino de negligencias protagonizadas por quienes neciamente se piensan por encima de las normas y las consideran buenas sólo cuando les son favorables y, en consecuencia, actúan impunemente, con las tristes consecuencias que ahora enlutan a varias familias.






