En efecto, una enternecedora historia que ha conmovido profundamente a propios y extraños, no sólo por los entretelones detrás de los hechos, sino también por el motivo que a F.V. le llevó a vivir circunstancias difíciles de imaginar: el amor hacia su madre, uno de los vínculos más fuertes de este mundo. Tal es así que el verdadero sentimiento de orfandad se siente sólo cuando las personas (independientemente de su edad) pierden a este ser tan querido.
Por eso, cuando F.V. se vio desamparado no dudó en esconderse en el chasis de un camión que llevaba las señas donde estaba su progenitora. No obstante, el destino o la Providencia quisieron que el camión termine no en Cochabamba sino mucho más lejos, en Iquique, trascendiendo fronteras e involucrando a autoridades de dos países en un asunto de preocupación mundial: el maltrato de niños y niñas.
Víctima de maltrato por parte de su hermano mayor y de su madrastra, F. V. escapó de su casa en busca del refugio materno, poniendo en evidencia el estribillo —reiterativo pero real— que son los hijos los que más sufren cuando una familia se fragmenta, y cuando los familiares políticos y sanguíneos se muestran incapaces de entregar amor. ¿Qué hacer al respecto? ¿Cómo intentar reducir el abuso entre los más vulnerables de la sociedad? Primero, reconocer que no se puede dar lo que no se tiene. Si una persona adulta nunca recibió amor o fue víctima de abuso, difícilmente podrá tratar con cariño a sus hijos o parientes menores, a menos que logre arrancar las raíces de la amargura enraizadas en su espíritu. Toda herida o rechazo provoca indefectiblemente sentimientos de dolor y de venganza; y la receta para evitar que corroan nuestra vida siempre es la misma: el perdón. Muchos creen que el perdonar es un sentimiento, pero en realidad es una decisión. De allí que la solución del abuso pasa por comprender el poder del perdón y saber elegirlo.
Una vez arrancada la amargura, resulta imprescindible llenar ese vacío. Se trata de un acto de fe que demanda esfuerzo pero sobre todo constancia. Cada día debemos programar nuestra mente de manera positiva. Los pensamientos, al igual que las palabras, son como semillas. Si cada día sembramos pensamientos positivos acerca de nosotros mismos y los demás, luego los abonamos con palabras de aliento, no cabe duda de que a su tiempo se verán los resultados. Sólo así se podrá romper el círculo de abuso que tanto dolor está causando a nuestros niños.






