En los últimos años, en Europa y en los EEUU, miles de abejas comenzaron a desaparecer, afectando significativamente la regeneración natural de sembradíos y plantas. Desde un principio se barajaron hipótesis sobre la influencia de la tecnología con estos decesos, pues se sabía que, para ubicarse, las abejas emplean frecuencias magnéticas similares a las emitidas por los celulares; hipótesis que, desafortunadamente, fueron corroboradas. Daniel Favre, investigador suizo, logró demostrar que las señales emitidas por los teléfonos móviles durante una conversación pueden desorientar a las abejas al extremo de provocar su muerte; pues éstas las interpretan como una señal de alerta, e inducen al resto de sus compañeras a abandonar la colmena.
Además de producir la miel, uno de los alimentos más virtuosos de la naturaleza, con peculiaridades antivirales sorprendentes, las abejas protagonizan una función primordial para el reino natural: la polinización. En su continuo peregrinaje de flor a flor, recogen y dispersan el polen, constituyéndose en un eslabón fundamental para la regeneración de más del 70% de las plantas. Su desaparición, por tanto, significaría un terrible problema para la conservación de los ecosistemas. ¿Podremos resolver este nuevo atentado de la modernidad?






