River Plate, uno de los equipos más laureados de Argentina, sufrió el domingo el traspié más grande de su historia, al descender por primera vez a segunda división, luego de empatar 1-1 con el equipo de Belgrano. La indignación y rabia de los hinchas «millonarios», que no pudieron digerir la humillación de verse degradados a una liga de menor categoría, se tradujo no sólo en insultos y reproches en contra de los dirigentes, cuerpo técnico y jugadores de su equipo, sino también en golpes y agresiones, que culminaron con varias personas heridas, el arresto de decenas de fanáticos y el destrozo de bienes públicos y privados.
El intenso dolor y el elevado costo de esta derrota permiten entender, como pocos eventos, los peligros que se esconden detrás del orgullo, una de las principales causas de la violencia, pero también de la humillación ejercida por personas que, por motivos bastante burdos como la pertenencia a un club de prestigio o un país específico, tienen un concepto demasiado alto de sí mismos, y en consecuencia, tratan a los demás en forma despectiva. Que estos destrozos y esta humillación sirvan, al menos, para reflexionar sobre este sentimiento de arrogancia que provoca guerras, pleitos, divorcios e innumerables males entre las familias de todo el mundo.






