A finales de mayo, varios activistas brasileros que luchaban por preservar a la Amazonía del tráfico ilegal de madera fueron cruelmente asesinados. El 24, en el estado de Pará, sicarios forestales acribillaron a José Claudio Ribero da Silva y a su esposa María do Espírito da Silva, recolectores de castaña que promovían un modelo de aprovechamiento agroforestal sostenible.
Ribero sabía que su cabeza tenía precio, pues su afán por denunciar a los cuatro vientos la explotación ilegal del bosque había incomodado más de un negocio. Tres días después, en Rondonia, frontera con Bolivia, Adelino Ramos se encontraba vendiendo las frutas de su huerta ecológica cuando una ráfaga de balas segó su vida. Antes de morir, Ramos reconoció a su asesino: un conocido traficante de madera a quien había denunciado ante las autoridades. Otros tres activistas fueron asesinados durante el mismo mes y por las mismas razones. Se trata de una guerra sin banderas, entre quienes buscan preservar el pulmón del mundo y aquellos que sólo desean beneficiarse de sus recursos; y que el periodista británico Tom Philips ha decidido documentar. Esta guerra, aunque no nos guste, no entiende de fronteras y ya son varios los indígenas bolivianos que se han visto asimismo obligados a ofrendar su vida por preservar su hábitat, cada vez más amenazado.






