Resulta natural velar por nuestros propios intereses, pero cuando uno levanta la mirada y ve más allá de sus propias necesidades, las dificultades y carencias suelen adquirir una mejor y más cabal perspectiva. Muchas veces, a la luz de las comparaciones, lo que antes se entendía como un gran problema o una gran injusticia, termina pareciendo un nimiedad, y hasta puede dar vergüenza pensar en el desgaste y los recursos «invertidos» para su resolución.
Quizás podríamos experimentar algo de esto si observamos hacia Somalia, en donde dos adultos y cuatro niños de cada 10.000 están muriendo de hambre cada día, algo que no acontecía desde hace 19 años. En el Cuerno de África, donde viven 11 millones de personas, la peor sequía que vive la región en 50 años se está traduciendo en una hambruna de grandes proporciones. Cada día, 3.000 somalíes huyen a Kenia y Etiopía caminando; muchos niños mueren durante este éxodo de varias semanas, que requiere de grandes esfuerzos, y otro tanto corre la misma suerte al llegar a los campos para refugiados, pues su capacidad de atención se ha visto ampliamente desbordada. Lo peor de todo es que se trata de una tragedia anunciada por el cambio climático, pero que no se pudo evitar por la falta de voluntad política y una guerra civil que ya lleva 20 años.






