Pero esos muertos y heridos no fueron sino el principio de un gobierno ilegítimo que se prolongó por siete años, en los que menudearon los muertos, torturados, exiliados y desaparecidos, solo por mencionar los daños personales, a los que se su-ma infinidad de actos arbitrarios, latrocinio de la hacienda pública y otros ilícitos.
Así, entre 1971 y el 21 de julio de 1978, Hugo Banzer y sus adláteres, incluyendo a miembros de su propia familia, como su esposa y su yerno (Alberto Valle, hoy recluido en la cárcel de Sucre), administraron el país como si de una hacienda se tratara, imponiendo sus caprichos, literalmente, a sangre y fuego y creyendo que la fiesta no tendría fin sino a través de elecciones democráticas en las que el dictador pretendía legitimarse al mando del gobierno.
De esos años la historia recoge el afianzamiento en el país de la ‘doctrina de seguridad nacional’ impulsada desde antes por EEUU; el trágico Plan Cóndor, que en los hechos fue la primera alianza de países sudamericanos, solo que en esa ocasión para perseguir y asesinar a líderes y dirigentes de izquierda; el ‘abrazo de Charaña’, cuando los dictadores de Bolivia y Chile estuvieron a un paso de hallar una salida al enclaustramiento marítimo boliviano; y, sobre todo, una aparente bonanza económica que en los hechos solo benefició a un puñado de familias adictas al régimen.
En efecto, gracias a un auge en el precio internacional de las materias primas, los ingresos del país mostraron un notable incremento, al cual se sumó un acelerado proceso de endeudamiento, que multiplicó por siete la deuda externa boliviana, orientado, supuestamente, a la ejecución de ambiciosas obras de infraestructura, que terminaron convertidas en ‘elefantes blancos’ debido a que eran sobredimensionadas y, peor, sobrevaluadas, en favor de sus ejecutores, que hasta hoy no han rendido cuentas.
A todo ello se suma, según coinciden prácticamente todos los tratados de historia boliviana, el ingreso de los narcodólares y el establecimiento del narcotráfico, que aún hoy, con sus transformaciones históricas, produce severos problemas a los gobiernos democráticos del país.
Es, pues, fundamental conservar en la memoria el horror de la dictadura iniciada hace 40 años, para que nunca más se repita y, también, para evitar que quienes medraron de ella intenten hacernos creer que un gobierno como el actual, que llegó al poder con la más alta votación de la historia del país, es autoritario o antidemocrático.






