En efecto, si bien los combates continúan en torno a su residencia, y su paradero aún se desconoce, Muamar el Gadafi ya ocupa un lugar dentro de la trinidad de dictadores caídos a manos de la revolución mejor conocida como Primavera Árabe, junto con Ben Ali y Hosni Mubarak. Por su excentricidad, pragmatismo y astucia diplomática, Gadafi logró constituirse en el dictador por excelencia (tras 41 años de gobierno, acaparó todo el poder en un país sin Constitución, Parlamento ni partidos políticos u oposición), un modelo a seguir para muchos autócratas. De ahí la importancia de su caída, que bien puede ser entendida como un punto de inflexión en la historia moderna de las dictaduras.
Ahora que se avecina un vacío de poder, el pueblo libio se apresta a vivir una etapa extremadamente difícil, que incluso podría degenerar en mayor violencia. Pero a la vez esta etapa constituye una oportunidad histórica para Libia y el mundo árabe en general. Ni los rebeldes ni los fundamentalistas religiosos pueden olvidar que los acontecimientos se desencadenaron por el descontento y la indignación moral de un sector de la sociedad que se ha modernizado, frente a unos gobernantes corruptos que exhiben su autoridad y opulencia, y se refugian en el pasado para aferrarse al poder absoluto, en vez de ensanchar su base política. Tampoco pueden olvidar que muchos han perdido el respeto y la reverencia a este tipo de gobernantes, y que ya no soportan que legitimen más su autoridad en principios religiosos o en mitos del pasado.
En este sentido, el islamismo radical ya no puede confiar su porvenir a la violencia y la propaganda antiamericana y antiisraelí, sino que está obligado a volverse hacia las necesidades de su población, que ante todo pide libertad y poder labrarse un futuro por medio del trabajo. Por su parte, las dictaduras árabes que aún permanecen de pie en la región, otrora sostenidas por los gobiernos occidentales que las entendían como la única fuerza capaz de oponerse al avance del terrorismo yihadista, tampoco podrán mantenerse en el poder en nombre de su lucha contra el islamismo radical.
Tal parece que el mundo entero ha entrado en un nuevo periodo de su historia, y la caída de un ícono de las dictaduras, Muamar el Gadafi, manda un claro mensaje a todos los regímenes del orbe, en el sentido de que para sobrevivir deben preocuparse sobre todo por el conjunto de su gente y en particular de la situación de sus jóvenes letrados de clase media.






