La vigésima octava edición del Gran Premio Nacional de Automovilismo se resolvió luego de una final de infarto. Se veía venir, tal y como lo señalábamos días atrás en este mismo espacio. El gran protagonista del suceso fue el paceño Gustavo de Rada que, luego de un desafortunado comienzo que le significó una desventaja de 50 minutos en relación al líder, terminó coronándose campeón. Pero justamente este retraso inicial fue el que le inyectó adrenalina a la competencia, pues el piloto paceño tuvo que recuperar poco a poco los minutos perdidos en los restantes siete tramos, donde no tenía margen de error alguno.
Sabido es que no existe ninguna gran competencia sin grandes contrincantes. En efecto, los otros dos pilotos que disputaron minuto a minuto la corona, Rolando Careaga y Francisco Laguna, fueron rivales de lujo. Cabe resaltar que el gran mérito de Laguna (quien terminó segundo en la clasificación general luego de liderar la competencia hasta el último tramo) fue competir en desventaja frente a sus oponentes, que contaban con motores acondicionados, mientras que su coche tenía un motor estándar.
Quizás en igualdad de condiciones otro hubiese sido el resultado; de todas maneras, la hazaña de Gustavo de Rada, similar a la que protagonizó el 2008, bien puede llamarse histórica.






