Cada día se cometen decenas de atracos en las principales ciudades del país (en 2009 se registraron 4.429 robos agravados), y muchos acaban con la vida de sus víctimas. Por lo general, la mayoría de estos hechos pasa desapercibido, a menos que involucren a personas influyentes, trabajadores de medios de comunicación o niños. Cuando esto ocurre, estos casos “especiales”, por su resonancia, logran trascender el ámbito penal y llegan hasta la opinión pública. En este sentido, se esgrimen como banderas de todas aquellas familias (miles) que luchan durante años en busca de justicia.
Semanas atrás, el asesinato de uno de nuestros periodistas culminó con la detención de una banda de cogoteros que, se presume, operaba hace más de dos años y atracó al menos a 20 personas. El miércoles, se supo de la muerte de una funcionaria de las Naciones Unidas que, tras permanecer varias semanas en coma, falleció a raíz de un violento asalto y por no haber sido oportunamente atendida en el Hospital de Clínicas. El hecho ocurrió justo a la mitad del paro del sector de salud. Es de esperar que este caso sirva para poner un alto a este tipo de delitos (cada vez más frecuentes y violentos), pero también para mejorar la atención en ese nosocomio paceño, casualmente concebido para atender emergencias.






