Además de millonarias pérdidas materiales, la difusión por internet de los avances de un largometraje en el que se denigra a Mahoma ha provocado una serie de protestas en el mundo árabe, que han causado la muerte de cuatro estadounidenses y más de 200 heridos. Este incidente pone nuevamente en evidencia dos peligrosos extremos: el fundamentalismo religioso, capaz de cometer atrocidades en nombre de dogmas muchas veces cuestionados, y la necedad de unos cuantos que se valen de este fervor para conseguir réditos personales.
Entre los siglos VIII y XII el mundo islámico vivió una época de esplendor, durante la que fue bastante más rico, tolerante y avanzado que la Europa de su tiempo. No obstante, en los últimos siglos, como consecuencia de un fervor religioso exacerbado, perdió su dinamismo, frescura y creatividad, para caer en un dogmatismo estéril que se refleja en la pobreza de sus pueblos (seis de los ocho países más pobres del mundo son miembros de la Conferencia Islámica) y en su escaso aporte a la investigación y el desarrollo de la ciencia moderna. Por otra parte, en Occidente se ha exacerbado tanto el éxito y la ambición personal que la gente llega a cometer barbaridades con tal de enriquecerse o ganar adeptos para una posición política, sin importarles las consecuencias de sus actos.






