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Julepe

Esta pródiga sociedad urbana lleva la influencia foránea a cotas imprevisibles de vulgaridad

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Por Carlos Villagómez
/ noviembre 13, 2012
en Voces

Desde hace unas décadas,  entre finales de octubre y comienzos de noviembre, esta ciudad desarrolla masivos encuentros sociales que convocan a brujas, zombies, vampiros, muertos, fantasmas y calaveras para darnos julepe. Lo que pasa es que “sin querer queriendo” reunimos varias tradiciones en ese lapso de 20 días: Todos Santos, Halloween (rebautizado por el pueblo como Jailónween), Día de los Muertos y, para cerrar con broche de oro, las Ñatitas. Este año se plegaron a estas fechas, sucesos tan sangrientos y despiadados que causan asombro en una crónica roja que siempre fue inocente si la comparamos con la de nuestros vecinos. Es decir, en estas fechas nos teñimos de ketchup y de sangre real.

Es fácil darte cuenta que se acerca Jailónween. Simplemente debes ir de compras a los supermercados y ser recibido por un ejército de empleados que más que susto te dan pena: vampiros de pacotilla que hacen caja, vampiresas sexis ataviadas con trapos que sustituyen lencerías, monjes locos arrastrando sus géneros, etc. Un cortejo lastimero. Todos bajo las escenografías de rigor pero sin el despliegue del norte. El alboroto que se arma en Jailónween no tiene clase ni barrio específico; desgraciadamente, ahora se festeja en toda la ciudad pero como siempre en extremos de un burdo estilo gore, con chojchos Freddy Kruger, Jasons por doquier, Masacre en Texas 1, 2 y 3, y  se suma a este zoológico una nueva moda para las jóvenes llamada “gótica”, que linda con el flauterío. Como siempre, esta pródiga sociedad urbana lleva la influencia foránea a cotas imprevisibles de vulgaridad y exageración.

Días después, la santa Iglesia Católica asiste impávida a mitos y tradiciones que cada año crecen en progresión geométrica. Nos desmadramos en los cementerios para recibir a las almas por 24 horas. Entre música, comida, tragos y t’antawawas, nuestros familiares bajan del cielo por una escalera de pan y se pliegan a una jarana familiar como recordatorio que aquí la vida importa poco y la muerte no nos asusta. Tenemos una relación con la muerte que me lleva a declarar que parecemos una sociedad llena de tanatólogos y tanatólogas. Sin el menor empacho nos mofamos del más grande de los misterios, a tal grado que los mexicanos y sus calacas de dulce son un poroto al lado del espectáculo de las Ñatitas. Nuestras calaveras son de verdad y con sus órbitas rellenas de algodón te miran con maléfico desdén desde esos improvisados altares de flores, tabaco y coca. Es difícil creer que te pueden conceder un buen deseo. En medio del baile y la música, estas siniestras amigas parecen estar dispuestas a lanzarte una malquerencia para convertirte en más sapo de lo que ya eres.

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