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Reyes Magos, esos desconocidos

Estos últimos días, he asistido casi por casualidad a dos episodios interesantes: una quinceañera hojeaba muy interesada un libro de reproducciones de arte, y otros dos quinceañeros visitaban (fascinados) el Louvre. Los tres habían nacido y habían sido educados en países rigurosamente laicos y en familias no creyentes. Por eso, cuando veían La balsa de […]

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Por Umberto Eco
/ diciembre 30, 2012
en Voces

Estos últimos días, he asistido casi por casualidad a dos episodios interesantes: una quinceañera hojeaba muy interesada un libro de reproducciones de arte, y otros dos quinceañeros visitaban (fascinados) el Louvre. Los tres habían nacido y habían sido educados en países rigurosamente laicos y en familias no creyentes. Por eso, cuando veían La balsa de la Medusa entendían que unos desgraciados acababan de escapar de un naufragio, o que los dos personajes de Francesco Hayez que se ven en la Academia de Brera eran dos enamorados, pero no conseguían comprender por qué el Beato Angélico representó a una chica hablando con un marica con alas o por qué un señor trastornado bajaba a trompicones una montaña llevando a cuestas dos losas de piedra muy pesadas y emanando rayos luminosos por los cuernos.

Naturalmente los chicos reconocían algo en una Natividad o en una Crucifixión, porque ya habían visto algo parecido pero, si en el belén se introducía a tres señores con manto y corona, ya no sabían quiénes eran ni de dónde venían. Es verdad que esto también le pasaba a Mateo, pero no es éste el punto.

Es imposible entender digamos tres cuartos del arte occidental si no se conocen los hechos del Antiguo y del Nuevo Testamento y las historias de los santos. ¿Quién es la chica con los ojos sobre un platito de plata? ¿Sale de la noche de los muertos vivientes? Y un caballero que corta por la mitad una prenda de vestir, ¿está haciendo una campaña anti-Armani?

Sucede que, en muchas situaciones culturales, chicos y chicas aprenden en el colegio todo sobre la muerte de Héctor y nada sobre la de San Sebastián, todo sobre las bodas de Cadmo y Harmonía pero nada sobre las bodas de Caná. En algunos países hay una fuerte tradición de lectura de la Biblia, y los niños se lo saben todo sobre el becerro de oro, y nada sobre el lobo de San Francisco. En otros sitios se los ha embutido de vía crucis y han quedado a oscuras de la “mulier amicta solis” del Apocalipsis.

Ahora bien, lo peor sucede, obviamente, cuando un occidental (y no sólo los quinceañeros) tienen que vérselas con representaciones de otras culturas, cada vez más presentes puesto que la gente viaja a países exóticos mientras los habitantes de esos estados vienen a instalarse aquí. No hablo de las reacciones perplejas de un occidental ante una máscara africana, o de sus risas ante esos Budas oprimidos por la celulitis (que además, si se lo preguntamos, estarán dispuestos a contestar que Buda es el dios de los orientales tal y como Mahoma es el dios de los musulmanes). Lo peor es que muchos de nuestros vecinos de casa estarían dispuestos a pensar que la fachada de un templo hindú ha sido diseñada por un comunista para representar lo que sucedía en los festines que Silvio Berlusconi daba en sus villas, y menean la cabeza cuando ven que los mismos hindúes se toman en serio a un señor en cuclillas con cabeza de elefante, sin darse cuenta de que ellos no encuentran nada extraño en una persona divina representada como una paloma.

Por lo tanto, más allá de cualquier consideración religiosa, e incluso desde el punto de vista más laico del mundo, es necesario que los chicos en el colegio reciban una información básica sobre ideas y tradiciones de las distintas religiones. Pensar que no es necesario equivale a decir que no hay que enseñarles quiénes eran Zeus o Atenea porque eran sólo cuentos para las viejecillas del Pireo.

Pero claro, querer resolver la educación de las religiones con la educación de una sola religión (por poner un ejemplo, la Católica en Italia) es culturalmente peligroso porque, por una parte, no se puede impedir que no asistan a esa hora los alumnos que no creen o los hijos de los no creyentes, con lo que se pierden un mínimo de elementos culturales fundamentales; y, por la otra parte, se excluye de la educación religiosa toda alusión a otras tradiciones religiosas. No sólo, la hora de religión católica puede transformarse en un espacio de discusión ética, absolutamente respetable, sobre los deberes hacia nuestros semejantes o sobre la esencia de la fe, pasando por alto esas noticias que nos permiten distinguir una Fornarina de una Magdalena arrepentida.

También es verdad que los de mi generación estudiamos todo sobre Homero y nada sobre el Pentateuco; en el bachillerato nos enseñaban todo sobre Burchiello y nada sobre Shakespeare, y recibimos pésimas lecciones de historia del arte pero aun así hemos conseguido sobrevivir, porque evidentemente había algo en el aire que nos hacía llegar estímulos y noticias. Pero esos tres quinceañeros de los que hablaba, que no sabían reconocer a los Reyes Magos, me sugieren que también el aire nos transmite cada vez menos informaciones útiles, y cada vez más informaciones absolutamente inútiles.

Que los Reyes Magos mantengan sus seis santas manos sobre nuestras cabezas.

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