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Contrarrestar el relato extremista

Intentar convertir en delito una emoción es un empeño tan inútil como intentar derrotarla en una guerra

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Por Timothy Garton Ash
/ junio 8, 2013
en Voces

Tras el vil asesinato de un soldado británico a manos de dos extremistas islamistas que iban armados con cuchillos de carnicero, la ministra británica del Interior, Theresa May, ha sugerido que se prohíba la aparición en los medios de comunicación de personas con “opiniones repugnantes”, y que se instaure la censura previa de los mensajes de odio en internet. En Reino Unido, la amenaza de la violencia es un peligro muy real, igual que en otros países europeos. También en Francia, días atrás, detuvieron a un extremista islamista que reconoció haber apuñalado a un soldado francés. Pero, a pesar de todo, la censura no es la manera más apropiada de luchar contra esa amenaza. Lo que propone May es una medida poco práctica, autoritaria, obcecada y contraproducente. El resultado sería la supresión de una libertad fundamental sin que eso supusiera mejorar nuestra seguridad. Es una propuesta que debería ir a parar a la papelera de la histeria.

La incitación a la violencia es un delito penal en todas las jurisdicciones democráticas, incluido Reino Unido. Nuestros legisladores y jueces deben someter a revisión constante qué mensajes constituyen ese tipo de incitación en las nuevas circunstancias de la era de internet. Ahora bien, implantar la censura previa y generalizada de las “opiniones repugnantes” a instancias de una ministra del Interior sería empezar a deslizarnos por una pendiente peligrosa.

Colocar nuestra libertad de expresión en manos del Ministerio del Interior es como poner esa muela que nos duele bajo los cuidados de un obrero que trabaja en una carretera con un martillo neumático. El Ministerio del Interior es el mismo que, cuando gobernaban los laboristas, elaboró una larga lista arbitraria de personas a las que se prohibía entrar en este país porque “fomentaban las actitudes extremistas”. Entre esas personas estaba un presentador de radio estadounidense, Michael Savage. ¡Como si el país de John Milton y John Stuart Mill no fuera capaz de comprender y contraatacar las diatribas de un locutor sensacionalista sólo con nuestro ingenio y la fuerza de nuestro idioma!

La ministra del Interior responderá que la censura no la van a aplicar los burócratas de su equipo, sino Ofcom, el organismo público que regula la radio y la televisión en Gran Bretaña. Ofcom tiene ya un enorme poder para sancionar a las emisoras que infringen sus minuciosas normas editoriales, y lo emplea de manera independiente, escrupulosa y correcta. ¿Pero ahora se propone la creación de un regulador estatal que ejerza censura previa sobre su contenido editorial, a petición de una ministra del Interior, con la excusa de defender la seguridad pública y combatir el terrorismo? ¿Dónde hemos visto antes algo así? En Egipto. En China. En Rusia. Bienvenidos al club. Y no olvidemos que los que proponen esto son miembros de un Partido Conservador, que tiene tanto miedo a los magnates británicos de la prensa que sigue permitiéndoles que destrocen las vidas privadas de hombres y mujeres normales e inocentes, con el propósito exclusivo de cultivar el morbo y sacar el máximo provecho de ello —el último caso fue su contribución al suicidio de una profesora transexual que había sido víctima de lo que el juez de instrucción llamó “campaña de difamación” en la prensa popular— y no se atreve a proponer ni siquiera la mínima regulación que es evidente que se necesita.

La censura que propone May no es práctica. Si no sirvió de nada en los años 80, cuando Margaret Thatcher trató de impedir que los portavoces del Sinn Féin y el IRA recibieran “el balón de oxígeno de la publicidad” en la televisión tradicional, mucho menos funcionará hoy, cuando provocadores islamistas sedientos de fama como Anjem Choudary no tienen más que colgar sus videos en YouTube para lograr sus objetivos. Pues entonces, responde de inmediato nuestra ministra, deberíamos pensar en la posibilidad de que Google y YouTube también censuren de antemano esas imágenes. Un momento, un momento. No todo lo que hace Google es bueno, como demuestran sus actuaciones en materia de impuestos, competencia y privacidad, pero imponerle la obligación editorial de revisar por adelantado todo lo que se cuelga en YouTube destruiría algo de un valor incalculable: una capacidad antes nunca vista de dirigirse a otras personas directamente, a través de océanos y continentes.

A ello hay que añadir que la censura podría ser contraproducente. Jack Straw, antiguo ministro del Interior laborista, dice que la censura parcial impuesta en los años 80 a los portavoces del Sinn Féin y el IRA en televisión (con el ridículo mecanismo de que se les veía hablar, sin sonido, mientras un doblador iba narrando la escena) sirvió de “gran instrumento para reclutar militantes”. Lo mismo ocurriría hoy con esos extremistas llenos de veneno. Lo que más les gustaría es que les censuraran. Se mueren de ganas de que los amordacen. Entonces podrían presentarse como mártires de la islamofobia de Occidente en la lucha por la libertad de expresión.

No, la forma de luchar contra estos predicadores del extremismo violento no es prohibirlos, sino aceptar su desafío en todos los medios. Las decisiones que hay que tomar son editoriales, y deben tomarlas los responsables de los medios, no los ministros del Interior. En mi opinión, las cadenas BBC y Channel 4 se equivocan al invitar a extremistas que tan bien saben utilizar la televisión como Choudary en programas que parecen insinuar que son participantes legítimos en un debate nacional civilizado. Pero eso no tiene nada que ver con la posibilidad, perfectamente apropiada, de que unos periodistas filmen una entrevista con él dentro de un reportaje de investigación para saber cómo es posible que un joven nacido en Reino Unido acabara convenciéndose de que tenía que acuchillar a un soldado británico en nombre de Alá. El Instituto de Diálogo Estratégico, una institución con sede en Londres, ha emprendido un estudio muy interesante sobre cómo contrarrestar el relato de los extremistas contradiciéndolo con otros relatos y aprovechando las herramientas que ofrece internet.

Para terminar, me gustaría inspirarme en Edmund Burke y decir unas palabras en favor del odio. Intentar convertir en delito una emoción es un empeño tan tonto e inútil como intentar derrotarla en una guerra (la “guerra contra el terrorismo”). Además, como destacó el gran pensador conservador británico, sentir algo de odio es sano. “Nunca sabrán amar cuando deberían amar”, escribió, “quienes no saben sentir odio cuando deberían sentirlo”. Odio la ideología islamista violenta que envenenó la mente de ese joven. Odio el fascismo. Odio todos los tipos de opresión. Odio la estupidez. Odio las ideas chapuceras. Y en nombre de todos esos odios, aconsejo no dejarnos arrastrar por reflejos automáticos ni caer en la reacción superficial, corta de miras, obcecada y contraproducente de decir “hay que hacer algo”, como esos ministros del Interior que, de tanto defender nuestras libertades, acaban por mermarlas.

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