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Cardo

Muchos artistas estamos en deuda con Ricardo Pérez Alcalá, y no sólo por su obra, amistad y cariño

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Por Édgar Arandia
/ agosto 25, 2013
en Voces

Eran las 21.00, hora de alistar la leche caliente con whisky y acomodar los almohadones para ver una pelea de box. Esa lejana noche de 1980, Ricardo Pérez Alcalá, el pintor boliviano radicado en México, trataba de hacerme olvidar las penurias de mi segundo exilio. El Coloradido López, un peso mediano, debía enfrentarse a un boxeador estadounidense, aparentemente más fuerte que él. Ese combate fue inolvidable, Ricardo, como un niño, celebraba las trompadas que el Coloradito asestaba a su adversario. Hacíamos barra para el mexicano, que de alguna manera nos representaba, y nos alegramos con su sacrificada victoria. Ambos púgiles estaban transformados por los hematomas, como al final del combate con la vida.

Me quedé en su taller casi dos meses, cocinábamos y luego trabajábamos hasta la noche, haciendo lo que más nos gustaba: pintar. Fueron días espléndidos, mi terror a los disparos había sido ampliamente superado gracias a su amistad y generosidad. Su contagiosa risa abría la conversación sobre temas variados, y cuando se refería a alguien que no era de su agrado o lo contrario, lo ilustraba inmediatamente haciéndole una caricatura magistral en cuestión de minutos. Ese espíritu sardónico le había permitido incursionar tempranamente (1964) en la  revista de humor político Cascabel, que el humorista Pepe Luque dirigió durante una década. Allí se rebautizó como Cardo, haciendo una contracción con su nombre y apelando a su nueva significación de planta con espinas, para pinchar  con sus opiniones sobre la política boliviana. Durante tres años estuvo en estos afanes y paralelamente continuaba sus estudios de arquitectura y su principal vocación, la pintura.

Otro de sus talentos, vinculado con su personalidad, era la gastronomía. Gustaba mucho de compartir sus habilidades con sus amigos y muchos fuimos agasajados con las delicias que salían de sus manos, dedicados al arte que hace feliz a la humanidad en cualquier región del mundo: la cocina. Era un experto en comida mexicana y creó algunas recetas que nos hacía probar para pedirnos nuestra opinión. A veces, cuando los resultados no eran los que seguramente planificaba, los echaba al trasto.  Era una mala acuarela,  decía.

La manera nueva y audaz para emprender con la técnica de la acuarela  tuvo un influjo poderoso en una generación de jóvenes artistas que veían en él a un maestro amplio y muy exigente. Podían acercársele si estaban dispuestos a trabajar a su ritmo, es decir, frenéticamente. A quienes escogió como discípulos hoy son brillantes exponentes de esta técnica.

Tuvo un gran amigo que fue irreemplazable, el pintor Gíldaro Antezana, que  murió muy temprano y siempre hacía alusión sobre él cuando se sentía nostálgico. Era como si le faltara un pedazo de su espíritu que se había llevado Gíldaro.

Me atrevo a afirmar que, prueba de su generosidad, muchos artistas estamos en deuda con él, y no sólo por su obra, amistad y cariño (que siempre los expresaba), sino también por la manera en la que se involucraba con la vida de sus colegas; dispuesto siempre a dar apoyo y consejo.

En alguna oportunidad, un pintor aquejado por penas de amor fue a pedirle consuelo, y Ricardo le advirtió: —Estoy trabajando, tienes diez minutos para explicarme. —Este… maestro… estoy enamorado de una mujer… Ricardo le interrumpió y le dijo: —¿Para eso vienes hacerme perder el tiempo? Yo también estuve enamorado de mujeres y aquí me tienes, qué de extraordinario tiene eso. Más bien, andá a tu taller a pintar y vuelves dentro de un mes. Así fue, y el pintor enamorado volvió con sus acuarelas y hablaron de otros asuntos. Esa fue la última anécdota que supe de él.

Nunca le escuché quejarse de sus problemas de salud, más bien me lo encontré en un restaurante criollo de Irpavi (barrio donde vivía), alegre y riendo, compartiendo con sus colegas que lo acompañaban, celebrando la vida, tal como revela su múltiple obra. Así recordaremos a Ricardo Pérez Alcalá, maestro pintor nacido en 1939, en Potosí, Bolivia.

Es director del Museo Nacional de Arte.

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