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Morir

Confieso que me gusta la idea de la reencarnación porque, creo, es muy próxima a nuestra cosmovisión

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Por Carlos Villagómez
/ septiembre 17, 2013
en Voces

Los ritos urbanos de la cita ineludible, los entierros y velorios son momentos para meditar circunspectos. Te transformas en tanatólogo aficionado para eludir el espanto que provocan el magno misterio y la parca, y viendo el catafalco te preguntas como Serrat “quién se acostará en mi cama y se pondrá mi pijama”, o reflexionas sobre las odiosas diferencias que observas en estas ceremonias.

Esta ciudad recuerda entierros tan memorables como el que deseaba Julio Ramón Ribeyro. El escritor peruano quería algo tan aparatoso como el hundimiento de un enorme transatlántico, con miles de desesperados gritando y el ensordecedor ulular de las sirenas a tope. Así se fue el compadre Palenque, finalizando intempestivamente una vida de novela. Se fue tan de pronto, que su entierro fue realmente apoteósico y quedará en el imaginario urbano como la mayor catarsis colectiva de dolor y pena. Terminaba de inaugurar una plaza en honor a su padre en la mañana, y en la noche su féretro estaba comenzando un interminable recorrido por los salones de honor municipales y por RTP. Hizo llorar a multitudes como nadie y será difícil que alguien lo iguale en el panteón de los entierros apoteósicos de verdad. En ese sitial están René Barrientos y Mario Mercado, que también nos dejaron imprevistamente y en sendos accidentes que acrecentaron el morbo del imaginario colectivo.

Cuando se van los artistas nos entristecemos colectivamente, porque se llevan un pedazo de nuestro espíritu. Cecilio Guzmán de Rojas y Arturo Borda tuvieron su cuota mítica a la hora de marcharse. Ellos eligieron las alturas del Kenko y las tabernas. Si eres capaz de experimentarlas con intensidad, percibirás que el paisaje andino y las bodegas son las antesalas terrenales de la otra vida.

Mi tío, Antonio Paredes Candia, me confesó que la culminación de una vida plena de paceñidad sería estrellarse en la cima del Illimani. Un fabuloso tributo al sitio. Pero él murió en una cama en la calle Sucre esquina Junín,  donde estuvo su casa de familia. En una visita horas antes de su muerte, el Presidente de entonces y la oposición parlamentaria le prometieron reconciliarse por este atormentado país. Antonio no murió en el Illimani, y hasta ahora los políticos tampoco se reconcilian.

Confieso que me gusta la idea de la reencarnación porque, creo, es muy próxima a nuestra cosmovisión. Transmigraciones como las que relata Mo Yan, el Premio Nobel de Literatura chino, en su novela La vida y la muerte me están desgastando son tan delirantes que parecen de estas montañas. Su personaje Ximen Nao pasa de burro a buey y de buey a cerdo. Pero sería bochornoso que, en tu próxima vida, termines como fricasé en la boca de un minibusero. Sería “cero glamour” y no te dejarían entrar al Mankapacha.

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