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Rostros de piedra

Los monumentos, rostros de piedra, son ignorados y marginados; cuando no, graffiteados o meados

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Por Ricardo Bajo Herreras
/ octubre 2, 2013
en Voces

Hace seis años, un martes a finales de agosto, los lustrabotas de La Paz, en una performance itinerante organizada por el periódico Hormigón Armado (de Alexis Camacho), sorprendieron a la ciudad al colocar gigantescos pasamontañas zapatistas a los monumentos más insignes.

Gróver, los hermanos Sapito y mi tocayo Richard, entre otros, no consiguieron el permiso municipal del entonces director de Patrimonio Intangible (de cuyo nombre prefiero no acordarme),  pero armados de una escalera encapucharon a Antonio José de Sucre, Cristobal Colón (¿qué hace el genovés en El Prado?), Bolívar y Zepita, el Mariscal. Tenemos las imágenes.

Hace ya también demasiados meses, la cabeza de Andrés de Santa Cruz luce abandonada en un no-lugar de la zona Sur. Durante años, el monumento tallado por el maestro Ricardo Pérez Alcalá escuchó con sus grandes orejas los mil y un secretos de los lustras y de todos los que caíamos o resbalábamos por la Plaza de los Héroes.

¿Quién no se sentó alguna vez junto a la cabeza de Zepita —inmortalizada por el Papirri en una canción— con un heladito de canela o una chela clandestina al sol? ¿Para cuándo una marcha (una más y no jodemos más) que exija hasta las últimas consecuencias el retorno del rostro del Mariscal a esa plaza tan maltratada por arquitectos de quinta y burócratas de sexta?

“Rostros de piedra / en velos de viento / ¿recuerdan? ¿Olvidan? /  ¿Están dormidos o despiertos? /  Rostros de piedra : / silencio: su única lengua. / Tristeza: su único gesto” (Pueblo, Eduardo Mitre). El monolito Bennett también está demasiado lejos. Las multitudes anónimas que rodeaban la estela tiwanacota y la cabeza de Zepita han dejado de ser un estorbo y ambos han viajado por el túnel de la pena y el ostracismo; doblemente olvidadas. Las historias que tantas veces escucharon en Miraflores y en el centro se han ido con ellas, para siempre.

En la otrora Plaza de Armas, el italiano Ferruccio Cantele (profesor del colegio Don Bosco) esculpió al prócer Pedro Domingo Murillo con un capote de torero. No sabemos por qué se olvidó de la tea paceña de la libertad. Confucio, el sabio chino, luce orgullosamente de espaldas a la casa del presidente Evo en el barrio de San Jorge. Y en Calacoto, desde 2002, las palomas cagan sin culpa al fundador del Opus Dei, José María Escrivá de Balaguer. El derrotado “soldado desconocido” del Obelisco fue secuestrado y durante años durmió el sueño de los justos en el Cementerio General. Allí, algunos poetas malditos lo solían visitar para acompañarlo y charlar entre singani, pucho y hojitas de coca.

De otros monumentos ni siquiera nos acordamos, aunque estuvieron tan lejos y tan cerca de nosotros. ¿Alguien recuerda la estatua de Kennedy que la Comisión Néstor Paz Zamora volara por los aires en los noventa cerca de la estación de trenes? ¿O el busto del poeta nacional de Hungría, Sandor Petöfi, robado por los vendedores de cobre hace seis años? El Ekeko de Zapana —extraño compañero de viaje final del independentista húngaro— también acabó sus días (a falta del molde original) fundido por la codicia en algún horno clandestino alteño.

Muchos monumentos han desaparecido de la noche a la mañana, y otros han resucitado: Gardel está más vivo y triste que nunca en una curva perdida de la avenida Kantutani. Los monumentos —rostros de piedra— son ignorados y marginados; cuando no, graffiteados o meados. Están ahí siempre y no los vemos; como a los locos de la calle, como a los mendigos de fin de año, como a los lustras. Los negamos, los volvemos invisibles; no sabemos si están dormidos o despiertos.

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