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Te queremos tanto Julio

Debo reescribir mis textos sobre Julio Cortázar, el cronopio mayor, para salir de su laberinto.

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Por Fernando Mayorga
/ julio 20, 2014
en Voces

Aunque haya nacido en agosto (¡y este año se cumplen 100 años de su nacimiento!), en julio siempre recuerdo al gran Julio. Julio Cortázar, el cronopio mayor. Y como ocurre con los personajes de El ángel exterminador, delirante película de Luis Buñuel, debo reescribir mis textos sobre él para salir de su laberinto; es decir, debo repetir las cosas para seguir un continuum, eso que algunos llaman historia y que, en general, la concebimos y vivimos como un tiempo homogéneo y vacío. Por suerte, Walter Benjamín nos hizo dar cuenta del carácter heterogéneo del tiempo y nos enseñó que el sentido/contenido de la historia proviene de la ruptura, el conflicto, la revolución. Considero que algo similar sucede (en otra escala, obviamente) con la dislocación de la cotidianidad, la ironía sobre las formalidades, la quiebra de lo rutinario, un salto al vacío. Y esa manera de enfrentar la vida fue una de las enseñanzas de Cortázar, sus relatos y personajes.  

Recuerdo a Julio en una plazuela de Coyoacán caminando como un niño grandote (porque no envejecía), y recuerdo su tumba reluciente como la nieve en el cementerio de Montparnasse. Ese nicho está adornado con una escultura de madera que representa a un cronopio, aquel ser desordenado y tibio que cada vez que encuentra una tortuga saca una caja con tizas de colores y dibuja una golondrina sobre la redonda pizarra de su caparazón.

La última vez que visité su tumba en ese cementerio en Francia recordé que a mis 20 años cometí el atrevimiento de escribirle una carta para decirle que era posible contar de otra manera su cuento Carta a una señorita en París. Cuando uno es joven puede darse el lujo de ser atrevido, más aún si tiene la coartada de creerse un cronopio. Nunca me respondió, después me enteré de que diariamente recibía kilos de correspondencia de sus admiradores y estoy convencido de que elegía una misiva al azar para clavarla en la pared con un alfiler, como acostumbraba a hacerlo una de sus tías, antes de responderla. Mi carta nunca sintió el frío metal en su corazón y yo me quedé bailando lo que bailan los cronopios: espera, espera.

No me respondió pero fue lo de menos, porque muchos años después pude buscar sus huellas en la rayuela de la vida y recorrer uno de los puentes que cruzaba la Maga, el puente más frugal que cruza el río que atraviesa la Ciudad Luz. También me puse a caminar por la calle Cochabamba, en Buenos Aires, para continuar siguiendo el juego de espejos de Olivera. Transcurrió una década entre uno y otro paseo, pero es un detalle que no importa, así como no interesa el océano que separa esos mundos: salta Lenin el atlas.

Posiblemente esos paseos eran una respuesta a mi necesidad de volver a verlo, porque no era suficiente con leer sus libros. Verlo otra vez, como aquella noche en que Julio Cortázar ingresó a un auditorio en la Universidad Nacional Autónoma de México que estaba repleto de estudiantes de sociología y otras faunas ávidas de escuchar las vivencias de su visita a la Nicaragua sandinista, y terminaron sumergidos en un silencio cómplice que acompañó su lectura de Queremos tanto a Glenda, su último libro de cuentos. Pasó al lado mío, cosas del destino, y me quedé tieso maldiciendo no tener una copia de la carta-cuento que le había enviado por correo unos meses antes. No obstante, estaba feliz porque los cronopios —me dije— no guardan copias de las cosas importantes, ni recuerdan el número de la placa de su automóvil y apenas saben usar los artefactos eléctricos, cuando no los queman.

Este mes, como acontece todos los años, vuelvo a ojear sus cuentos y sus novelas, sus poemas y moepas. Y traigo a la memoria, como un convite a mis lectores, un texto excepcional titulado Manera sencillísima de destruir una ciudad y que dice: “Se espera, escondido en el pasto, a que una gran nube de la especie cúmulo se sitúe sobre la ciudad aborrecida. Se dispara entonces la flecha petrificadora, la nube se convierte en mármol, y el resto no merece comentario”. Así es, sin comentarios.

 

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