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No sé… piénsalo…

Encima, Pamela ni siquiera apareció en la tele golpeada y llorando. De verdad que no colabora…

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Por Fabián Restivo
/ octubre 1, 2014
en Voces

Sabemos que Pamela Álvarez, profesional, de 29 años, tomó un taxi a las 12.30 (aproximadamente), en la Terminal de Buses de La Paz. Llamó a su madre y le dijo que estaba de ida para su casa. Tres días después la volvió a llamar, de un teléfono prestado, llorando, y le dijo que sus raptores la habían tirado en la ruta a Copacabana. Hasta allí fueron sus padres a buscarla. En medio hubo un enorme movimiento de comunicación que, entre otras cosas, ayudó a encontrarla.

Dos días después del revuelo que significó hallarla viva, fue a declarar a la Fiscalía. Dio pocos detalles: que fue golpeada, dopada, que no recuerda nada más que un cuartito. O es de verdad que solamente es eso lo que recuerda, o tiene miedo. Cosa absolutamente justificada si tenemos en cuenta que al minuto salió la Fiscalía a decir que Pamela “no colaboraba”; y días después una psicóloga forense (líbrame de éstos) salió a decir públicamente que su versión era poco creíble. O sea que si Pamela recordaba o contaba detalles delicados, tanto la Fiscalía como la psicóloga la hubiesen puesto en riesgo de muerte ante sus raptores, diciéndole a todo el mundo lo que había contado.

Y como estúpidos no faltan, al momento salieron versiones en prensa e internet condenándola por mentirosa, por haber usado la tan noble sensibilidad humana al servicio de quién sabe qué capricho amoroso o conflicto familiar. Allí comienza la segunda parte del cuento, en una muestra de narcisismo rural que muchos envidiarían, la pobre gente que no tiene vida propia arrancó con el escarnio a “esta chica que tiene dos novios, que se escapó de su casa porque tampoco se lleva bien con la familia, se escondió en El Alto y encima tuvo el tupé de pedir que la vayan a buscar, luego de habernos usado a todos, que esperábamos angustiados. ¡Eso nos pasa por ayudar!”.

¿Cuál fue el pecado de Pamela? ¿Haber aparecido viva? Si hubiera aparecido muerta, degollada en un zanjón, tendríamos miles de post en internet lamentándolo, echándole la culpa al Gobierno, a la inseguridad ciudadana… Pero apareció viva, justo cuando estábamos listos para llorar en cámara… y nos arruinó la escena tan inspirada. Tan luego a nosotros, que hicimos el esfuerzo de darle clic a “compartir” en la computadora, teniendo la certeza de que eso nos da derecho a pedir explicaciones. Nos prometieron una película de terror y tuvo final feliz, y eso es imperdonable. Y encima, ni siquiera apareció en la tele golpeada y llorando. De verdad que no colabora…

Seguimos aplaudiendo eufóricos cuando el león clava el zarpazo sobre el cuello del moro encadenado, pero si el moro escapa a los designios ansiosos del público, nos vamos decepcionados a reclamar que nos devuelvan la entrada. ¿Eso somos? Pedimos por la vida, pero si sobrevive, la condenamos. Y somos implacables dentro de los márgenes de la estupidez y la mala leche más absoluta. Insisto: ¿eso somos? No sé… piénsalo…
 

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