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‘Je suis’, mais…

‘Mi libertad se termina donde empieza la de los demás’. (Jean Paul Sartre, filósofo y escritor francés)

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Por José Rafael Vilar
/ enero 20, 2015
en Voces

Las recientes masacres en París contra diez periodistas y dos policías del semanario satírico Charlie Hebdo (acusado de blasfemia por islamistas radicales) y en contra de los rehenes que estaban en un supermercado kosher provocó varias consecuencias importantes: la solidaridad con las víctimas y la defensa de la libertad de expresión, traducida en la ya conocida “Je suis Charlie Hebdo” que llenó los medios, las redes sociales y las calles de muchos países.

La violencia fanática en nombre de una pretendida fe religiosa (no la religión musulmana misma, porque también exterminan creyentes que no adoptan su fanatismo) posee atributos muy marcados de segregación (racial, religiosa) y pretendida superioridad, como los hinduistas que mataron a Gandhi y los inquisidores que torturaron y mataron a todo el que no fuera ferviente creyente (o lo aparentara convincentemente), violencia que llevó a San Juan Pablo II a un mea culpa irrestricto en 2004. Esta “superioridad” lleva al fanático a atribuirse un falso don apologético de la Verdad (la suya) y a despreciar a todos los que no son sus compañeros de fanatismo. Sin pensarlo mucho, este desprecio, que se inicia por las opiniones, lleva cada vez más a sentirse superior respecto a “los otros” y continúa más hacia considerar que la vida de ese “otro” es insignificante e inmerecida; de ahí al extermino de un pueblo, de una raza, de los creyentes de una iglesia es solo un simple y “natural” paso (¿les recuerda el Holocausto?).

Sin embargo, ¿de dónde son estos jóvenes fanáticos que mataron en París (y los que iban a hacerlo en otros países) y que nutren las filas del fanatismo de ISIS y de Al Qaeda? Muchos han nacido en Francia (como en casi toda Europa occidental), educados y formados en esa sociedad con valores de democracia occidental. ¿Por qué entonces el fanatismo? ¿Será, quizás, porque los recibieron (o a sus padres) solo como mano de obra y no los asimiló o, peor, los segregó? Quizás porque tras una pretendida “corrección política” de las democracias europeas, inmersas en la ilusión de la Europa unida, se ocultaba mucho de lo que hoy proclaman abiertamente los nacionalistas extremos del Frente Nacional francés, Amanecer Dorada griego, la Liga del Norte italiana o los Verdaderos Finlandeses, por mencionar unos pocos.

Pero (mais) queda pendiente la concepción misma de la libertad de expresión: su derecho (artículo 19 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos) desde la Ilustración en el siglo 17 fue medio para la libre difusión de las ideas. Y Charlie Hebdo (de izquierda, iconoclasta, cáustico, irreverente, asaz grosero, injurioso y ofensivo) se imbrica dentro de una tradición liberal y anticlerical de la prensa satírica francesa que surge alrededor de la Revolución de 1789. Empero, ¿esa irreverencia sin ningún tabú es válida absolutamente o sus extremos contradicen lo que afirma Sartre? Está abierto el debate. 

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