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Domingo de Tentación


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Por A fuego lento - Édgar Arandia
/ febrero 22, 2015
en Voces

A las seis de la mañana, Severo, envuelto en su manta de vicuña, armaba las sartas de cohetillos en latas y ollas fuera de uso. Desafiaba la kamanchaca de febrero, que subía al cielo para evaporarse inmediatamente confundida con los efluvios de la cocina, donde Olga, desde muy temprano, convocaba a los olores, ajíes y sabores que empezaban a surtir su embriagador efecto entre los nietos, quienes despertaban trabajosamente, pero con un ímpetu que se adivinaba en sus pequeños cuerpos. Sobre todo un morenito, con los cabellos de monte k’uchi, hacía la fila temprana, con su plato de porcelana china, para ser el primero en recibir su ración de fricasé. La ventaja era que, a esa hora, podía solicitarle a Olga que removiera el khonchu desde el fondo de la enorme olla, donde se encontraban asentados el sumun de los sabores del ají amarillo de Padilla con la marraqueta dura molida, el ajo suavizado por la hierbabuena y la carne pulverizada por el hervor madrugador.

El primer bocado era con vapor y lágrimas del picante, luego era la gloria, porque coincidían con la artillería coheteril que Severo había provocado, desatando los ladridos de los perros del barrio que, además, anunciaban la llegada de Rivera Unzueta y los invitados de la junta de vecinos a la casa. El ritmo del acordeón y la batería sazonaban aun más el guiso, y el chuño de Araca semejaba un ónix que el hirsuto niño sacaba del plato para mostrárselo al sol y darle un mordisco, entrecerrando sus ojillos con rotundo placer. Los ajíes empezaban a enloquecer las papilas y era menester aplacar el ardor con un sorbo de papaya Salvietti, en tanto los adultos lo hacían con cerveza.

Las serpentinas, globos, mixtura y lentejas doradas y puñados de confeti magenta y blanco eran arrojados a los techos y la ch’alla invadía todas las casas. Después de cumplir su rol, Olga desaparecía y luego de una hora descendía a la terraza; triunfal, como una aparición, alta, con manta blanca, con rosas bordadas en un tono marfil, pollera rosa, sombrero gris perla y sus ojos joveros de chola cochabambina con lujo ch’ukuta. Era un gran confite y dejaba embobado al negrito que dejaba de comer para ver la aparición. Detrás de ella, Severo, mok’o él, con sombrero embarquillado y terno azul marino con líneas blancas casi imperceptibles, desafiaba la primera cueca. —Para ser ministro debes bailar bien la cueca, le decía, apuntando con su dedo al negrito. Éste observaba cómo Olga y Severo se deslizaban por la terraza y las manos ágiles hacían revolotear los pañuelos de seda en el zapateo.

Las caras rubicundas y felices de los invitados, arrojando mixtura y rodeando los cuellos enjoyados y encorbatados, con serpentinas multicolores enloquecía de felicidad a los niños. En la tarde llegaba el lechón en batea, con los cueritos crujientes, rodeado de papas, ocas con cáscaras doradas y una ensalada que semejaba una selva. Severo, presa del frenesí, mandaba a los niños a comprar más cerveza y singani para hacer el coctel de tumbo. Era la oportunidad para “matar el cambio” y luego, con las ganancias, pararse junto al batán para ver que Trucuta, la fiel ayudante de Olga, moliera la llajua según sus instrucciones: hacerle la paja a los locotos verdes y no a los rojos, sacarle las chiras del centro, escoger los tomates alargados y dulces, poner poca sal y ajo; triturar la wacataya con los dedos, al final. Para empezar el rito, tomar de la piedra en forma de bote con ambas manos, abrir las piernas para no perder el ritmo, en tanto con la wislla de madera, un poco quemada, ir recogiendo a un costado del batán la urticante pasta, y volver a colocar al centro para volver a moler: hembra-macho-hembra-macho.

Fue mi primera embriaguez de sol y alegría, todos enloquecidos de vida. Cómo no iba a serlo, si ellos eran mis abuelos y estaban festejando los frutos de la semilla que un año antes se simbolizó con el entierro del pepino en Domingo de Tentación. El pepino simboliza la semilla, y así fue transferido y apropiado por las culturas indígenas de Chukiwayu Marka, por esa razón, también se lo desentierra.

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