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La norma y el canon

En La Paz nadie quiere ser normado, controlado, fiscalizado, intervenido o verificado. Nadie

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Por Carlos Villagómez
/ abril 28, 2015
en Voces

Saber por qué nuestra ciudad es tan bizarra (al extremo de ser maravillosa) es una tarea pendiente para la sociología, la antropología o, si prefieren, para las ciencias ocultas. No bastan las aproximaciones filomarxistas o de ciencia urbanística, hay que adentrarse en nuestro ethos, y desde ahí palpar nuestros más profundos atavismos. Uno de ellos es la inescrutable voluntad de no seguir las reglas.

Hace poco se perdió de la ciudad una elocuente gigantografía de esa voluntad levantisca que decía: “El aymara es más grande que el sistema”. Y sí que lo es. Esa frase resumía todas las ganas de sublevarnos que tenemos en contra de las reglas, las normas o los cánones. En esta ciudad nadie quiere ser normado, controlado, fiscalizado, intervenido o verificado. Nadie. Una muestra de esta insurrección al orden es la desobediencia a la norma municipal y al canon estético. De la mixtura entre ambos nace el paisaje urbano tan desvergonzado que tenemos.

Ejemplifiquemos ambos temas. Hace poco salió una escandalosa noticia: el Gobierno Municipal debe pagar una exorbitante suma de dinero a un ciudadano (exjerarca municipal) al que se le demolió su casa. Más allá de los culpables, lo importante de esta onerosa experiencia es que el alcalde transitorio gritó a todos los vientos un mensaje, entre líneas, a la población: la institución siempre pierde juicios, o sea, a partir de ahora, haz lo que te venga en gana. Así, con alharaca y agitación, la máxima autoridad urbana menospreció la frágil normativa municipal.

Por otro lado, la revuelta contra el canon estético occidental es un ejercicio de hace muchos años atrás. Recordemos al alcalde Salmón de la Barra, a la constructora Ormachea, al padre Obermaier y, últimamente, al reconocido creador alteño Mamani Silvestre; todos ellos abanderados desde lo popular de esa voluntad anticolonial que busca otra expresión arquitectónica y urbana. Si eso está bien o está mal ya no interesa en estos días. Vivimos los tiempos de una sublevación popular contra todo precepto estético, y estos nuevos modelos estilísticos llegaron para quedarse.

Quizás esta sea nuestra manera de ser felices. Quizás sea nuestra forma de hacer ciudad y comunidad urbana. O quizás seamos el laboratorio universal de nuevas experiencias urbanas en la historia humana. Quizás. Pero tanto quizás puede nublarnos el pensamiento y hacernos olvidar los mecanismos perversos de la dependencia cultural y política que cada día se hace más patente y nos lleva como borregos a un futuro incierto. Un futuro donde la norma y el canon serán individualmente establecidos como en la selva: por el más fuerte. 

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