La capacidad de aprender es una de las principales virtudes de los hombres y de las mujeres. Gracias a ello contamos con el lenguaje, la cultura e infinidad de ciencias y mecanismos que nos permiten comprender el mundo y sus particularidades; intervenir en nuestra realidad y contribuir con la mejora y el desarrollo de nuestras vidas, la de nuestros pares y de nuestro propio hábitat. No sobra recordar que el aprovechamiento y la adquisición de estos saberes pasa por una serie de factores, y ninguno tan importante como el papel que el maestro ejerce sobre la educación. Su responsabilidad se equipara a la de los padres, pues no solo es el encargado de transmitir conocimientos, sino también de formar a un selecto grupo que, voluntaria o involuntariamente, le confían una pequeña parte de su futuro y de su prosperidad. Por todo ello y mucho más, huelga felicitar a todos los maestros del país, quienes celebraron ayer su día. Hombres y mujeres que, más allá de las limitaciones y carencias de su oficio, comprenden la importancia de su labor y la ejercen con amor y pasión, conscientes de que enseñar es una ciencia, pero también un arte que presupone una permanente creación, pues en el mundo de la educación las reglas y las estrategias no son flexibles, porque los hechos educativos no se repiten, ni tampoco los estudiantes.
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