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Sombrío legado de la austeridad

Había evidencia de que reducir el gasto en una economía deprimida profundizaría la depresión

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Por Paul Krugman
/ noviembre 15, 2015
en Voces

Cuando sobrevino la crisis económica en 2008, la mayoría de los legisladores hizo lo correcto. La Reserva Federal y otros bancos centrales se dieron cuenta de que apoyar al sistema financiero tenía prioridad sobre nociones convencionales de prudencia monetaria. La administración Obama y sus contrapartes se dieron cuenta de que en una economía en descenso, los déficits presupuestarios eran útiles y no dañinos. Además, imprimir dinero y pedir préstamos funcionó: se evitó una repetición de la Gran Depresión, lo cual parecía demasiado posible en ese momento.

Entonces, todo salió mal. Y las consecuencias de la vuelta equivocada que dimos se veían peor ahora de lo que hubiera imaginado el más severo de los detractores de la sabiduría convencional.

Para aquellos que no lo recuerden (resulta difícil creer durante cuánto tiempo ha seguido esto): En 2010, más o menos repentinamente, la élite de políticas a ambos lados del Atlántico decidió dejar de preocuparse por el desempleo y empezar a preocuparse más bien por déficits presupuestarios.

Este cambio no fue impulsado por evidencia o un cuidadoso análisis. De hecho, fue muy contrario a la economía básica. Sin embargo, ominosas palabras sobre los peligros de los déficits se volvieron algo que todos decían porque todos los demás lo estaban diciendo, y no se consideraba respetables ya a quienes disentían; razón por la cual empecé a describir a quienes repiten como loros la ortodoxia del momento como Personas Muy Serias.

Algunos de nosotros intentamos en vano destacar que el fetichismo del déficit estaba tanto obstinado en el error como era destructivo, que no había buena evidencia de que la deuda gubernamental fuera un problema para grandes economías, al tiempo que había abundante evidencia de que reducir el gasto en una economía deprimida profundizaría la depresión.

Y fuimos reivindicados por los sucesos. Han pasado más de cuatro años y medio desde que Alan Simpson y Erskine Bowles advirtieron de una crisis fiscal dentro de dos años; los costos de endeudamiento de EEUU siguen en niveles históricamente bajos. En el ínterin, las políticas de austeridad que fueron puestas en marcha en 2010 y después tuvieron exactamente los deprimentes efectos que libros de texto de economía pronosticaron; el hada de la confianza nunca hizo su aparición.

Con todo, existe cada vez más evidencia de que nosotros, detractores, efectivamente subestimamos el grado justo de destrucción que implicaría el giro hacia la austeridad. Específicamente, ahora parece como si las políticas de austeridad no solo hubieran impuesto pérdida de empleos y de producción a corto plazo, sino también hubieran paralizado el crecimiento a largo plazo.

Por lo general se hace referencia a la idea de que políticas que deprimen la economía a corto plazo también infligen daño perdurable como “histéresis”. Es una idea con un impresionante pedigrí: El argumento por la histéresis fue expuesto en un documento bien conocido de 1986 por Olivier Blanchard, quien se convirtió más tarde en el jefe de economistas en el Fondo Monetario Internacional, y Lawrence Summers, quien sirvió como oficial de alto rango tanto en la administración Clinton como en la de Obama. Sin embargo, creo que todos dudaban de aplicar la idea a la Gran Recesión por temor a parecer excesivamente alarmista.

Sin embargo, en este punto, la evidencia prácticamente grita histéresis. Incluso países que parecen haberse recuperado en buena medida de la crisis, como Estados Unidos, son mucho más pobres que lo sugerido por proyecciones previas a la crisis para este punto. Además, un nuevo documento de Summers y Antonio Fatás, además de apoyar la conclusión de otros economistas en el sentido que la crisis al parecer causó enorme daño a largo plazo, muestra que la reducción de perspectivas a largo plazo por parte de naciones se correlaciona con firmeza con la dosis de austeridad que impusieron.

Lo que esto sugiere es que el giro a la austeridad tuvo efectos verdaderamente catastróficos, yendo mucho más allá de los empleos e ingresos perdidos en los primeros años. De hecho, el daño a largo plazo sugerido por los estimados de Fatás y Summers tiene con facilidad el tamaño necesario para hacer de la austeridad una política contraproducente incluso en términos puramente fiscales: Los gobiernos que abatieron el gasto en vista de la depresión hicieron daño a sus economías, y de aquí sus comprobantes fiscales en el futuro, a grado tal que incluso su deuda terminará más alta de lo que habría sido sin los recortes.

Además, la amarga ironía de la historia es que esta catastrófica política fue emprendida en nombre de la responsabilidad a largo plazo, que quienes protestaron en contra del giro equivocado fueron desestimados como incapaces.

Hay unas pocas lecciones que saltan a la vista a partir de esta debacle. “Toda la gente importante así lo dice” no es, resulta, una buena forma de decidir sobre una política: el pensamiento grupal no es sustituto del análisis claro. Además, pronunciarse por el sacrificio (de otras personas, por supuesto) no significa que se es duro.

Pero, ¿serán procesadas estas lecciones? Complicaciones económicas en el pasado, como la estanflación de los años 70, condujeron a una reconsideración general de la ortodoxia económica. Sin embargo, un llamativo aspecto de los últimos años ha sido cómo la gente está dispuesta a reconocer que estuvo equivocada sobre cualquier cosa. Parece demasiado posible que la gente muy seria que vitoreó las desastrosas políticas no aprenda nada de la experiencia. Y eso, por sí solo, asusta tanto como la perspectiva económica.

en tendencia: austeridadLegadoSombrio

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