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Sobre la estupidez económica

Da la impresión de que seguimos viviendo en esa era económica en la que entramos en 2008.

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Por Paul Krugman
/ marzo 6, 2016
en Voces

La campaña electoral de Bill Clinton de 1992 se centró en el eslogan “Es la economía, estúpido”; todo lo contrario a lo que está ocurriendo actualmente en Estados Unidos, pues la política macroeconómica (qué hacer frente a las recesiones) ha estado ausente durante la mayor parte del debate electoral. Sin embargo, no se ha logrado que los riesgos económicos desaparezcan del mundo, ni mucho menos. Y debería asustarnos lo poco que muchos de los candidatos a la presidencia han aprendido de los últimos ocho años.

Si están al tanto de las noticias económicas, sabrán que hay una gran agitación en los mercados mundiales. No tiene nada que ver con la crisis financiera de 2008, al menos por ahora, pero es preocupante. De nuevo nos encontramos con una cantidad considerable de deuda problemática, aunque esta vez no se trata de hipotecas, sino de préstamos concedidos a empresas energéticas, muy castigadas por la caída del precio del petróleo. Entretanto, a economías antes emergentes y modernas, como la de Brasil, de repente les va muy mal, y China anda a tropezones. Y aunque la economía estadounidense marcha mejor que casi cualquier otra, está claro que no somos inmunes al contagio.

Nadie sabe a ciencia cierta lo grave que será la crisis en ciernes, pero los mercados financieros lanzan señales de advertencia. Los mercados de renta fija, en especial, se comportan como si los inversores esperasen muchos años de debilidad económica extrema. Los tipos a largo plazo de Estados Unidos están casi más bajos que nunca, aunque eso no es nada comparado con lo que sucede al otro lado del océano, donde muchos tipos de interés han empezado a ser negativos. Y estos tipos de interés extremadamente bajos, que en su mayoría son un reflejo de las presiones del mercado, no de las políticas, les generan problemas a los bancos, cuyos beneficios dependen de la capacidad de prestar dinero por mucho más de lo que pagan por los depósitos. Los bancos europeos son los que más problemas tienen, pero las cotizaciones de las entidades de Estados Unidos también han bajado mucho.

En otras palabras, da la impresión de que seguimos viviendo en esa era económica en la que entramos en 2008, una era de debilidad persistente en la que la deflación y la depresión, no la inflación ni el déficit, son los retos fundamentales. ¿Y cómo creemos que lo harían los distintos aspirantes a ocupar la Casa Blanca si se enfrentasen esos desafíos? Bueno, por el lado republicano, la respuesta es, básicamente, que Dios nos ampare. Las opiniones económicas de ese lado del espectro político oscilan entre lo bastante alocado y lo absolutamente descabellado.

A la cabeza del batallón de lo absolutamente descabellado se encuentra, como habrán imaginado, Donald Trump, quien ha acusado a la Reserva Federal de Estados Unidos (Fed) de estar a favor de los demócratas. Hace unos meses aseguraba que Janet Yeller, presidenta de la Fed, no había subido los tipos “porque Obama le dijo que no lo hiciera”. Da igual que la inflación siga por debajo del objetivo de la Reserva o que, en vista de los acontecimientos actuales, hasta la pequeña subida de los tipos que la Fed llevó a cabo en diciembre parezca ahora un error, como muchos de nosotros advertimos. Pero la verdad es que la postura de Trump no está tan alejada de la opinión republicana mayoritaria. Después de todo, Paul Ryan, el presidente de la Cámara, no solo criticó a Ben Bernanke, el predecesor de Yellen, por unas políticas que supuestamente nos exponían a la inflación (algo que nunca se materializó), sino que también ha jugueteado con las teorías conspirativas, al acusar a Bernanke de “echarle un cable a la política fiscal”.

Y hasta los republicanos que a primera vista parecen sensatos pierden la cordura en lo tocante a política macroeconómica. El proyecto emblemático de John Kasich es una enmienda sobre el equilibrio presupuestario que sumiría la economía en una recesión, pero Kasich es también un partidario de la restricción monetaria, que, curiosamente, sostiene que la política de tipos bajos de la Fed es la culpable del estancamiento salarial.

En el bando demócrata, ambos aspirantes hablan con sensatez sobre las políticas macroeconómicas, y Bernie Sanders afirma acertadamente que la última subida de los tipos de interés fue una mala decisión. Pero Sanders también ha atacado a la Reserva Federal de un modo en que no lo ha hecho Clinton (y esta diferencia explica, a pequeña escala, tanto el atractivo de Sanders como las razones por las que su postura resulta tan preocupante).

Verán, Sanders sostiene que el sector financiero tiene demasiada influencia sobre la Fed, lo que sin duda es cierto. Pero su solución consiste en que haya más supervisión por parte del Congreso; y fue uno de los pocos senadores no republicanos que votó a favor de un proyecto de ley, propuesto por Rand Paul, que exigía que se “auditasen” las decisiones de la Reserva sobre política monetaria (por si se lo están preguntando, la Fed ya se somete con regularidad a auditorías, en el sentido normal de la palabra).

Ahora bien, la idea de hacer que la Reserva Federal rinda cuentas suena bien. Pero Wall Street no es la única fuente de presión nociva sobre la Fed y, dada la actual situación política de EEUU, una ley así serviría, en el fondo, para dar más poder a los chiflados (los amantes del patrón oro y agoreros de la inflación que controlan el Partido Republicano moderno y que llevan cinco o seis años tratando de intimidar a los responsables políticos para que se rindan y desistan de sus intentos de evitar el desastre económico).

Teniendo en cuenta los riesgos económicos a los que nos enfrentamos, fue buena cosa que el apoyo de Sanders no bastase para sacar adelante ese proyecto de ley. Pero aun sin la norma defendida por Paul, uno se estremece al pensar en cómo respondería la política estadounidense a otra recesión si cualquiera de los candidatos republicanos que aún sobreviven consiguiese llegar al Despacho Oval.
 

en tendencia: Opinión

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