Vivimos en la democracia de las audiencias (término parido por el politólogo francés Bernard Marin) donde el marketing es el eje central de la lucha ideológica. Los partidos han muerto y ahora se presentan como planes de comunicación estratégica, como si te fuesen a vender la nueva cerveza con miel. Los proyectos de país han sido enterrados (o escondidos bajo la alfombra) y ahora se trata de comunicar emociones para vender candidatos.
Los medios sustituyeron a los políticos y los periodistas independientes “famosos” se han convertido en los puntas de lanza; ahora ellos son los “nuevos” actores políticos (más creíbles). En la (pseudo)democracia de las audiencias, los medios se han colocado en una posición aún más central. Y la reina es, por supuesto, la “caja tonta”: la televisión (y especialmente los late shows) es el nexo de unión entre el ciudadano “desideologizado” y el entretenimiento político salpicado de mujeres cosificadas y siliconadas, goles, sangre y sensacionalismo telenovelero. Hasta los medios impresos prestan atención a la televisión nocturna, cambiando enfoques, esperando “pepas” cerca de la medianoche. Estamos en off side y hacemos incluso repercusión de los rifirrafes en las redes sociales. No es la antipolítica ni la pospolítica la que triunfa y la que impone la agenda, es peor: es la política-show y sus tres hermanas malditas: la banalización, la espectacularización y la farandulización (con sus primos gemelos bastardos, el racismo y la discriminación).
La derecha está envalentonada y no tiene asco de usar “todas las herramientas” (como dicen en Venezuela, “vamos por todo”) para asaltar los palacios (en el próximo invierno). Y para ello usan a sus cinco partidos. No, no es otra megacoalición. Es la nueva “junt’ucha” del futuro para devolvernos al pasado. Son los cinco téntaculos-armas destructivas de una guerra de alta intensidad dispuesta a todo (sangre de por medio) para volver atrás, para imponer el retorno conservador, la restauración neoliberal y privatizadora, la patria para unos pocos.
Los cinco jinetes cabalgan y se mueven a placer con el partido de los “golpes” (y toda su familia: el golpe light, el golpe lento y el golpe parlamentario); el partido de los juicios (contra Lula en Brasil, contra Cristina en Argentina); el partido de los medios de comunicación “imparciales” (y las redes “anónimas”); y el partido de las guerras sucias y sus parientes (las guerras económicas y psicológicas). Su quinto pasajero: el partido de las emociones.
El espacio político ha sido invadido por las emociones. La “dictadura denigrante de la afectividad” (Catherine Kinzler dixit) juega con las grandes conmociones y la fatalidad direccionada (¿quién llora hoy a los muertos de la Alcaldía de El Alto?). “Te podía haber tocado a ti” (tú eres la próxima “cara conocida”) es el disparadero de las operaciones psicológicas-mediáticas. Inventamos el hecho, luego apuntamos al culpable creado de antemano (las pintadas de “Evo asesino” todavía ensucian las paredes alteñas). Las emociones plantean un temible desafío a la democracia: (otra vez) somos (consumidores) pasivos. De manera “artificial” se crean “estados de ánimo” (Gringo Gonzales dixit el domingo pasado en Página Siete) y muchos pisan el palito.
Reaccionamos en vez de pensar y actuar. Es un sentimiento que no puede parar: si no lo sientes, no lo entiendes. Y así, apartando a la razón, el sentido crítico y la lectura, llega la descomposición: el propósito final de las derechas individualistas y consumistas. Las emociones se sufren, decía Sartre, no se pueden dejar a un lado de manera voluntaria, son pa(sa)jeras, pero no podemos apartarlas en el susodicho momento. Y entonces, bajo el influjo de la emoción, tuiteamos de manera compulsiva, condenamos y salvamos. Y detrás de un meme llega otro meme (el humor otra vez para reírnos del otro, del diferente). El partido de la emoción golea a la reflexión y se lleva el gato al agua. Es la nueva “junt’ucha” —impaciente— que se viene a los “golpes” con sus cinco jinetes galopando.






