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El placer de leer

Cuando compraba una novela creía que debía terminarla aunque no me gustara para nada.

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Por Homero Carvalho Oliva
/ mayo 16, 2016
en Voces

Apenas había aprendido a leer cuando mi padre me obsequió una revista Billiken, que en su interior traía un resumen para niños de La Ilíada, lo hizo para responder al cuestionamiento que le había hecho de por qué me había bautizado con un nombre tan feo. Luego me trajo otras también con versiones resumidas de libros clásicos. Años después leí la versión completa de La Ilíada y luego de La Odisea; pobre del que me preguntaba el origen de mi nombre, le contaba estas dos obras aumentadas y corregidas. Así nació la necesidad de leer algo todos los días, al punto que leía todo lo que encontraba, desde buenos libros hasta revistas del corazón.

Sin embargo, en colegio no faltó un profesor de literatura que en vez de incentivarnos la lectura nos hizo pasar calvarios en cada libro que nos obligaba a resumir en un par de semanas. Recuerdo que a mis 13 años, uno de estos energúmenos nos dio la tarea de resumir en una semana Crimen y castigo de Fiódor Dostoievski, realmente fue un crimen y un castigo para un adolescente. Tipos así nos hicieron creer que la lectura era una obligación, y cuando compraba una novela creía que debía terminarla aunque no me gustara para nada. Con los años fui aprendiendo que leer tiene que ser un placer, así que si compraba una novela por la fama de su autor y ésta no me gustaba, simplemente la dejaba. Esto me ha pasado con varios escritores reconocidos, incluso premios Nobel, pues hay novelas que me las leo en un par de días y otras que no puedo pasar de la décima página. No importa que algún amigo o conocido me diga que es una maravilla.

Recuerdo que, cuando tenía unos 20 años, todo el mundo hablaba del Ulises de James Joyce. Así que compré el libro, me dispuse a leerlo y no pude pasar de las primeras páginas. Me pareció muy tedioso; volví a la carga un par de veces más y no lo logré, lo dejé y leí otras novelas. Veinte años después encontré, en la librería de un amigo, un ejemplar de la mentada obra y recordé que era un asunto pendiente, la compré y abrí la primera página con el prejuicio de la primera vez; pero para sorpresa mía no pude dejar de leerla hasta que llegué a la última página.

Incluso llegué a releer algunas partes como el monólogo de Molly Bloom, y descubrí que en el capítulo tres un marinero recién llegado a Dublín da cuenta de sus extraordinarias aventuras por los mares del mundo. Cuenta que ha visto cosas maravillosas y raras por lugares remotos como el Mar Rojo, el Mar Negro, los Dardanelos y también por toda América; pero que las cosas más extrañas de todas ellas las vio en un país de nombre también extraño, un país de salvajes llamado Bolivia. Ahora, llegando a la edad del Bonosol, intento leer más literatura nacional y cada día descubro que tenemos muy buenos narradores y poetas, que nos hace falta difundir y promocionar a nuestros escritores, y por eso mismo es que en mis columnas periodísticas siempre intento comentar libros escritos por autores nacionales.

 

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