Hace tres semanas, el 12 de julio, La Razón publicó un reportaje que hoy puede leerse como una suerte de homenaje sobre la obra de Sebastián Obermaier, quien murió ayer a los 81 años.
En esa investigación se daba cuenta que desde su arribo a El Alto, en 1978, aquel sacerdote alemán desarrolló una labor humanitaria incansable durante 38 años, impulsando obras religiosas y sociales, atendiendo partos y a enfermos. También fundó un centro de salud y un canal de televisión, y contribuyó a la edificación de al menos 70 parroquias. Desde la Fundación Cuerpo de Cristo, responsable de recolectar y distribuir regalos a los niños de escasos recursos de El Alto en cada Navidad, también impulsó la construcción de colegios en zonas marginales, un albergue para menores maltratados y abandonados, otro para personas con discapacidad, cuatro centros para apoyar a padres y madres que trabajan, y decenas de programas a favor de ancianos y personas con cáncer terminal o VIH. En resumidas cuentas, Obermaier consagró su vida y su trabajo para hacer de este mundo uno mejor, más justo, cumpliendo con creces el propósito para el cual, según la doctrina cristiana, hemos venido a este mundo: ser de bendición para el resto de las personas, y en especial a los más necesitados.






