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El colapso de un anti-Estado

En realidad, el único acorralado, y con cada vez menos opciones, es el madurismo y sus promotores.

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Por José Rafael Vilar
/ julio 4, 2017
en Voces

Acabo de leer en Aporrea, publicación emblemática de la izquierda cada vez más distanciada del poschavismo, El colapso del Estado Madurista de Heinz Dieterich Steffan, padre del socialismo del siglo 21 y actualmente profundamente crítico del madurismo. Al margen de las discrepancias que tengo con el artículo, como lo de un “sistemático terror blanco” opositor, coincido plenamente con su afirmación del fracaso de la cúpula gubernamental y de la situación irreversible —para el madurismo— que ha llevado a Venezuela a “la hora de los balazos”, porque se “sustituyen los mitos fallidos del sistema mediante el miedo y el terror”.

Venezuela ha llegado a una espiral de implosión tras el fracaso, de una parte, del modelo socioeconómico estatista centralizado impuesto por el difunto Comandante-Presidente, con base —exclusivamente— en el rentismo petrolero, que si bien ayudó a la justicia social en su primer momento, la irresponsabilidad de repartir, por una parte, esa riqueza sin invertirla en desarrollo sostenible (su industria y agricultura se destruyeron aceleradamente debido a las importaciones y a la política de confiscaciones y “nacionalizaciones”); y por otro, de utilizarla prebendalmente para expandir su proyecto político (vía Petrocaribe, Unasur, Alba) bajo el falso discurso de “solidaridad”, despilfarro arbitrario que tras la caída de los precios del petróleo (en junio 2008 el crudo venezolano alcanzó a cotizarse en $us 144 el barril, pero en marzo de 2015 cayó a $us 47; el viernes pasado estaba en $us 46,15) hundió la economía venezolana y reprodujo, con creces, los índices de pobreza (la Encuesta sobre Condiciones de Vida en Venezuela, realizada en 2016 por las principales universidades, revela que el 81,8 % de los venezolanos viven en pobreza y que el país es el “más pobre de América Latina”), generando un creciente e indetenible descontento, a lo que se unen la corrupción galopante y ostentosa desde el Estado, el narcotráfico institucionalizado y una violencia de 91,8 muertes por cada 100.000 habitantes en 2016, según el Observatorio Venezolano de Violencia, lo que ha llevado a que los mitos y la narrativa oficialista queden totalmente desacreditados y descreídos.

Los dos últimos meses se han socavado aceleradamente las bases del madurismo con casi un centenar de días de protestas masivas en todo el país. La dura represión policial, de la Guardia Nacional, los colectivos (el lumpenproletariado que mencionó Karl Marx) y reciente de las FFAA (con un saldo de al menos 90 fallecidos)  no cesa,  junto a la escasez generalizada (74% de desabastecimiento en alimentos y 76% en medicinas), inflación galopante (127,8% acumulada a mayo y de 720% pronosticada para el año), y violación flagrante de la legalidad (de la Constitución chavista de 1999).  Lo que ha generado el repudio internacional (frenado en la OEA por sus escasos aliados y la abstención de pocos países que medran de Petrocaribe); a que importantes sectores chavistas (la fiscal general Luisa Ortega Díaz, su cara más visible, ha jurado defender con su vida la Constitución) se enfrenten al Gobierno; y a que el malestar cunda en las instituciones armadas. Aunque la reciente agresión con granadas al Tribunal Supremo madurista desde un helicóptero aparenta más un montaje para justificar un autogolpe por las dos horas que sobrevoló la zona gubernamental en Caracas para después irse y desaparecer el piloto; de no ser así, este incidente desnudaría una inmensa ineficiencia militar.

La revista colombiana Semana tituló que Ortega Díaz estaba “acorralada por el gobierno de Maduro”. En realidad, el único acorralado, y con cada vez menos opciones, es el madurismo y sus promotores.  

en tendencia: anti-EstadoColapso

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