Hay un libro llamado Bailando al borde del precipicio: una vida en la corte de María Antonieta, cuya autora es la prestigiosa periodista inglesa Caroline Moorehead, quien, basada en los diarios íntimos de una cortesana rebelde, analiza la vida de la corte de Luis XVI hasta los preludios de la Revolución Francesa. Pero en este artículo no hablaré de la autora ni de ésta su obra, únicamente tomo prestado ese sugerente título que creo retrata a cabalidad la realidad que hoy vive el mundo entero.
¿Cuántas veces han hecho gemir al mundo un político enloquecido y una turba desenfrenada? Pero ha llegado el turno de la religión; le toca ser la obertura de la nueva sinfonía. El siglo XXI de nuestro planeta no tiene su punto de arranque cronológico en enero de 2000, sino en septiembre de 2001.
Albert Einstein soñaba con un gobierno supranacional, con un organismo internacional dotado de capacidad para arbitrar en disputas e imponer la paz, respaldado por una fuerza ejecutiva, porque los acuerdos para limitar armamentos nunca confirieron protección práctica alguna, pues quedan en la retórica. Pero ese organismo supranacional nunca se pudo erigir, y acaso jamás podrá ser erigido. El Consejo de Seguridad de la Organización de las Naciones Unidas corre el riesgo de perder su validez, dado que ahí están, batiéndose y sacudiéndose como nunca, Estados Unidos y Rusia. Y he ahí, en ese cónclave, la demostración fehaciente de que la conformación de estructuras políticas e instituciones es, ni más ni menos, fruto directo de coyunturas; en este caso, el enemigo común de antaño: la Alemania nazi.
Ya todo da igual, Tabor o Parnaso. Incluso las palabras amor y muerte parecen sinónimas. Todos los días la palabra hiere y la acción degrada al hombre, ¡y es el mismo hombre quien habla y acciona! Intrigas, maquinaciones y maniobras… y muy poco de todo esto sale a la luz en todo el mundo. La propaganda gubernamental, en casi todos sus sentidos y formas, se ha hecho inconteniblemente desmoralizadora. Los presidentes de las potencias del mundo parecerían delirar, porque ignoran la capacidad destructiva que tienen en el seno de su poderío. Hoy sigue existiendo una guerra mundial, quizá no expresa pero sí tácita o en ciernes.
Ayer el mundo vivía en ascuas por el espantajo de la bomba atómica, que deviene de la división o fisión del núcleo de un átomo; y esto, a su vez, provoca una reacción descontrolada en cadena. Hoy la incertidumbre gira en torno a la bomba de hidrógeno, que después de la fisión del núcleo y la respectiva reacción en cadena, gran parte del material se dispersa, dándose un fenómeno contrario al primero, o sea, una fusión, una condensación. ¿Pero cuál es, en palabras simples, el poder destructivo de estos explosivos? Una bomba atómica tiene el poder de 20 kilotoneladas de dinamita; una bomba de hidrógeno, el de 10.000 kilotoneladas de dinamita. Baste decir que con un par de explosiones de estas bombas nuestro planeta podría desencajarse de su órbita en el espacio.
Las asimetrías de poder se han impuesto; la capacidad económica y el poder militar hoy son los que deciden el futuro de todas las naciones. Hoy todos dependemos de los susurros que se dicen entre los políticos de los países fuertes, y lamentablemente aquéllos parecen haber olvidado que el ser humano encierra dentro de sí un alma, un alma que necesita, además de pan, verdad.






