Fue casualidad, lo juro, iba hacia mi aula y la puerta de otro curso estaba abierta. Como el docente gritaba, escuché la siguiente frase: “No pierdan el tiempo leyendo novelas o cuentos, vayan hacia la realidad”, es decir hacia textos de no ficción.
Casi se me caen los últimos cabellos que tengo. De pronto recordé a Marx señalando que fue la novela del siglo XIX la que mejor nos enseñaba a comprender la sociedad burguesa. Y al gran León Trotsky (culto como pocos, lector de novelas como pocos) que escribió Literatura y revolución, es decir obras de ficción y revolución, en plena guerra civil, dictando sus ideas en el tren rojo donde viajaba como comandante general del ejército bolchevique. Precisamente Trotsky en su Revolución permanente señala que leía ficción como el buceador que sale de tanto en tanto a la superficie a respirar aire puro.
Porque eso es la literatura de ficción: aire puro. Y la más lúcida visión que se pueda tener sobre la sociedad precisamente porque parte del ser humano y no de metodologías. Es decir de arte y no de “ciencia”.
Pero además de testimonio y lectura social, nos ayuda a comprender al más fascinante de todos los seres vivos: el humano.
Ahora bien, la imaginación, la capacidad de inventar tuvo y tiene otra función: a través de estos ejercicios construimos mitos, lecturas comunes, imaginarios que son aquello por lo que el homo sapiens se convirtió en el número uno de la cadena alimenticia.
Ese fue uno de los grandes aportes del profesor judío Noah Harari en su libro Sapiens: de animales a dioses. “¿Cómo consiguió Homo sapiens … acabar fundando ciudades que contenían decenas de miles de habitantes e imperios que gobernaban a cientos de millones de personas?” El secreto fue seguramente la aparición de la ficción. Un gran número de extraños puede cooperar con éxito si cree en mitos comunes.
“… la ficción nos ha permitido no solo imaginar cosas, sino hacerlo colectivamente. Podemos urdir mundos comunes tales como la historia bíblica de la creación, los mitos del tiempo del sueño de los aborígenes australianos, y los mitos nacionales de los estados modernos… ”, continúa Harari. De hecho no podríamos imaginar la revolución sin la ficción, sin la alegría de la imaginación y sin la fiesta de las palabras.
Así que si queremos avanzar como sociedad y como individuos, es leer más novelas, cuentos y, claro está, poesía, lo contrario es cortarnos las alas para que solo nos arrastremos por el suelo.






