La presente circunstancia internacional constituye una de esas coyunturas en que el viejo orden no es capaz de funcionar en los términos anteriormente vigentes, debido a un cambio sustantivo de la correlación de fuerzas hegemónicas y geopolíticas. En los últimos 200 años, el nuevo orden surgió siempre al cabo de una gran conflagración bélica, bajo la primacía de las potencias vencedoras. Tal fue el caso del sistema del balance de poder en Europa establecido en el Congreso de Viena en 1815.
Merced a los tratados de Versalles de 1919, luego de la derrota de Alemania y sus aliados en la Primera Guerra Mundial, Inglaterra y Francia debían acordar en primer lugar el monto de las reparaciones impuestas a Alemania. El presidente Wilson prefería en cambio crear la Liga de las Naciones inspirada en los principios de la autodeterminación de los pueblos y el liberalismo, pero fracasó en este objetivo.
La derrota del fascismo alemán y del militarismo japonés en 1945, por parte de la Unión Soviética y las potencias aliadas, proporcionó tres décadas después las condiciones para la creación de las Naciones Unidas en cuestiones de la paz y la seguridad, y de los organismos de Bretton Woods en cuestiones monetarias y financieras. En ese marco se desplegó el orden de la Guerra Fría de 1946 a 1991.
A partir de la desaparición del socialismo real en la Unión Soviética y Europa oriental en 1990, bajo la hegemonía de Estados Unidos, el predominio del enfoque neoliberal y el poderío de los bancos y las empresas transnacionales, se desplegó la globalización asimétrica, que trajo consigo una concentración inédita de riqueza en las cúpulas de la sociedad internacional.
A comienzos del presente siglo, el presunto orden neoliberal fue desafiado por la emergencia de China y las economías del Asia-Pacífico; lo que también creó las condiciones para que algunos países latinoamericanos impulsasen iniciativas orientadas hacia la ampliación de sus márgenes de autodeterminación, mediante el establecimiento de mecanismos de integración económica y cooperación política.
Tales tendencias se han paralizado en los últimos 12 meses como consecuencia del brexit; del triunfo de Trump en Estados Unidos; la elección de Macron en Francia y, más recientemente, la reconfiguración del campo político en Alemania. Se suma a eso la incorporación de China y Rusia al elenco de protagonistas estratégicos, y varios otros países en calidad de potencias de alcance regional. Como consecuencia de todo esto, el sistema multilateral y sus instituciones han quedado seriamente debilitados.
En consecuencia, por primera vez en la historia el nuevo orden internacional no será el resultado de los acuerdos y compromisos de un reducido número de países industrializados. Se ha iniciado, por tanto, un complejo proceso de transición hacia un inédito sistema de relaciones internacionales; sin acuerdo general sobre los valores y principios que lo inspiran, fragmentado en términos de poder; y cuyas características institucionales y geopolíticas están lejos todavía de haber adquirido ni siquiera un esbozo mínimo de sus rasgos primordiales. Entre los escenarios posibles se puede identificar un esquema regionalizado de acuerdos y alianzas, diseñados de acuerdo con las respectivas configuraciones hegemónicas y geopolíticas de las diferentes zonas del mundo.
Se puede anticipar asimismo que las dinámicas de la digitalización, el cambio climático, las migraciones, el terrorismo y el delito internacional organizado seguirán su curso actual, sin que haya marco internacional eficaz para enfrentar sus repercusiones. Preocupa en ese contexto el acentuado debilitamiento de las entidades de cooperación e integración de América Latina.
Es economista






