En este camino de sentir que venimos al mundo para mejorarlo hay un sentimiento que nos sostiene como oxígeno, como tierra firme y maderita en medio de un naufragio en mar abierto; es el sentir en nuestra piel las cálidas caricias de la esperanza. Deambulando por las calles de esa soledad que a veces nos agobia, encontrarnos a la esperanza que nos abraza en una vuelta de la esquina. Es una sorpresa, es un sacudón a estos nuestros cuerpos cansados de tanto intento, que de tantas traiciones y contradicciones desfallecen y quieren rendirse; cuerpos que a veces pierden el rumbo y ese sacudón esperanzador les (nos) devuelve a la vida…
La esperanza nos abriga, nos acuerpa, nos protege y nos da su cálida y amorosa mano y nos reconecta con los sueños. Nos recuerda aquellos mundos que inventamos, y que si los inventamos son posibles; si no, no nos los hubiéramos imaginado. Todos esos sentimientos, todas esas acciones son posibles con la esperanza viva, con la esperanza luchando a nuestro lado. Entonces, podemos darnos cuenta que lo que constituye una terrible amenaza para un sistema de pesadillas, dolores y opresiones son, pues, indudablemente las esperanzas.
Las esperanzas, tan lindas ellas, son la amenaza para los opresores y opresoras. Las esperanzas que se anidan en nuestros corazones, que se esconden de las dictaduras en medio de las sístoles y diástoles de nuestros asustados corazones son el peligro para las explotaciones y las discriminaciones. Las esperanzas, tan valiosas para la humanidad, pero qué irónico, son perseguidas hasta por nosotras mismas, que después de un mal sueño nos deshacemos en llanto y queremos dejar de creer, nos desesperamos y hablamos pestes de ellas y las perseguimos con cuchillos palos y escobas.
Cuán criminal entonces es el papel de las traiciones, es lo peor que nos puede pasar, pues en verdad no atacan a los cuerpos, sino a las esperanzas. Las traidoras y los traidores son lo peor en el camino de la lucha, pues estando a nuestro lado, maquinan matarnos, destruirnos. Beben y comen de nuestras luchas, pero en realidad están envenenando nuestro alimento, nuestro aire, nuestras tierras.
Sin embargo, podemos remontar el vuelo. La prueba es que a 50 años del asesinato del Che Guevara estamos y seguimos luchando con esas esperanzas de cambiar el mundo. No pudieron con él, y con nosotras, tampoco, ni podrán con los pueblos que luchan. Quieren matar las esperanzas, pero siempre estas hermanitas están renaciendo por todo lado, pues sus crías están repartidas en la tierra, en la lucha, en la alegría, en las risas, en los orgasmos, en las escuelas, en la música. Las esperanzas viven en la vida misma, y también en la muerte de las luchadoras y luchadores. Las esperanzas son, por tanto, inmortales, solo se apagan cuando las abandonamos, solo se debilitan cuando dejamos de creer. Pero nos esperan a la vuelta de la esquina para consolarnos, abrazarnos y devolvernos la vida.
* es feminista comunitaria.






